Frustración infantil: “O gana o se enfada”

Hoy vamos a tratar el tema de la frustración infantil y de cómo ayudar a nuestr@s hij@s a aceptar situaciones adversas.

Es muy común escuchar a los padres decir:

“Si no gana tiene unos enfados horribles”, “puede hacer lo que sea por ganar, como hacer trampas”, “siempre tiene que ser el primer@ en todo”…

Normalmente a la limitación a aceptar perder le llamamos baja tolerancia la frustración.

¿Cómo podemos ayudarle a aumentar poco a poco esta tolerancia a la frustración?

  1. No es malo que el niñ@, la mayor parte de las veces, sea el que gane y puntualmente empate o pierda por muy poca diferencia. De esta forma le ayudamos a crecer y sentirse empoderado.
  2. Nuestr@s hij@s nos observan y nos toman como modelos, así que cuando el adulto pierda ha de actuar de ejemplo, es decir, demostrar que sigue contento porque lo importante es que lo ha pasado muy bien y dar la mano, como gesto de “enhorabuena” al niñ@.
  3. Cuando el pequeñ@ pierde, ayúdale a identificar su estado emocional y la causa, mantente en calma, para contagiar tu estado de ánimo y darle su espacio para que se pueda autorregular.
  4. Juntos, buscar la forma de mejorar para la próxima vez.

Sobreproteger a nuestros hijos

Buenos días aleter@s.

Nadie ha dicho que ser madres y padres sea fácil, y por ello en muchas ocasiones tendemos a sobreproteger a nuestros hijos para evitarles cualquier sufrimiento, pero en realidad este mecanismo les hace más insegur@s y dependientes.

Os dejamos este vídeo de poco más de un minuto en el que Eva Millet explica de forma muy clara y divertida los distintos modelos de sobreprotección en los que no debemos caer. Y tú, ¿has sido alguna vez madre helicóptero?, ¿padre quitanieves?. ¡Esperamos que os guste!

*Para activar el sonido, pulsa sobre el icono de la esquina inferior derecha una vez empiece a reproducirse el vídeo

Cómo tratar las rabietas infantiles

¡No es maña! es un vídeo realizado por el servicio fonoinfancia fundación Integra, por Cecilia Calvo, que refleja el malestar, el enfado, rabietas y pataletas que tod@ niñ@ en algún momento del día pueden expresar, cuáles son las posibles formas de reaccionar de l@ s adult@s ante las rabietas infantiles.

Desde Aletea, haciendo uso de este vídeo aconsejamos 4 TIPS, para afrontar las rabietas infantiles y cambiar una conducta del/la niñ@:

  1. Indaga la causa que ha provocado dicho estado de ánimo. Si creemos que la razón es llamar la atención, no se la quites. Cubre sus necesidades a través del amor y el cariño, para crear Oxitocina y así el/la niñ@ podrá hacer una asociación de aprendizaje acerca de lo que esté ocurriendo.
  2. En esos momentos, utiliza un contacto ocular, un tono de voz y un contacto físico que recoja, trasmita calma y paz.
  3. Identifica y valida sus emociones. Las emociones son reacciones que aparecen y desaparecen. Cuanto más pequeñ@s son, más intensos serán esos estados, porque el lóbulo frontal (quien ayuda a la autorregulación) no se termina de desarrollar hasta los 12 años. Por eso solemos aconsejar que cuanto más pequeñ@s son l@s niñ@s, más cortas, claras y sencillas deben ser las explicaciones.
  4. Buscar una solución por consenso. Si está preparado, animarlo a que encuentre una solución por el/ella mism@ y si no, le ayudaremos hasta que poco a poco pueda hacerlo sin ayuda.

 

Los beneficicios de volver a la rutina

La vuelta a la realidad es dura.

Necesitamos unos días de adaptación para cambiar las chanclas por el ordenador, y la crema protectora por cafés de máquina.

Son días de compartir las experiencias vividas y añorar los lugares disfrutados.

También es cierto que la vuelta supone un nuevo comienzo, una nueva oportunidad de implementar cambios en lo personal y lo profesional.

Renovamos las energías con un nuevo impulso, que aunque en pocas semanas se suele diluir, es bueno poder aprovechar.

Utilicémoslo para conectar con aquello que nos hace sentir bien, sensaciones que tenemos más recientes y podemos mantener.

Aquí tienes cinco sencillas claves que pueden ayudar a tu cerebro y a tu cuerpo a incorporarse con mejor energía.

  • Organiza mejor tu tiempo, intenta crear un momento nuevo especialmente para ti. Madruga más, resérvate una tarde entre diario o en el fin de semana. Esto puede ayudarte a mantener tu esencia, a no dejarte arrastrar por las obligaciones y anteponer siempre a los demás. Tú eres importante y saber cuidarte es fundamental para sostener el cuidado del resto de personas y obligaciones.
  • Introduce algo de ejercicio y movimiento. Vives en tu cuerpo, y mantenerlo ágil y saludable favorece la calidad de tu vida.
  • Depura tu dieta, introduce alimentos saludables de calidad y ricos en nutrientes. Solemos hacer excesos en el verano, y ahora está bien poder filtrar con una buena dieta, en la que volvamos a tener en cuenta las necesidades nutricionales de nuestro organismo.
  • Contacta con la gente que te hace sentir bien, fomenta tu sonrisa. El contacto con las personas es una de la fuentes de sanación más potentes. Elige bien con quién te apetece estar, y disfruta de su compañía y afecto.
  • Conéctate con la naturaleza, Ve a la montaña, o al parque de tu barrio, intentando hacer paseos conscientes. Estar en contacto con la naturaleza tiene importantes efectos beneficiosos en nuestra salud física y mental, y  es especialmente importante cuando vivimos en ciudades. Intenta vencer la pereza de vez en cuando y regalarte un paseo en el que disfrutes de tu entorno de manera plena.

Ánimo y a intentar allanar esa cuesta arriba con que nos suele  recibir septiembre.

GRACIAS POR ALETEAR CON NOSOTRAS

Esta semana cerramos el curso. Un curso lleno emociones y crecimiento.

Un curso en el que hemos celebrado nuestro primer año en funcionamiento, en que habéis sido más de 100 personas las habéis confiado en Aletea para acompañaros en vuestro camino…

En que hemos llenado de vida y luz los despachos con horas de trabajo dedicadas al bienestar y la salud.

Un curso en el que hemos aprendido y crecido también nosotras con cada experiencia que habéis compartido.
Así que solo nos queda daros las GRACIAS.

A l@s que habéis venido a Aletea este año, a l@s que nos leéis, compartís o seguís en Facebook, a l@s que nos escribís reseñas, a los que nos recomendáis a otras personas, a l@s que confiáis por primera vez, a l@s que aún os lo estáis pensando y a l@s que ni siquiera habéis oído aún hablar de nosotras.

GRACIAS por estar ahí y hacer que el vuelo de Aletea suba cada vez más alto con vuestra fuerza.

Porque Aletea es nuestro sueño, es lo que somos y con lo que queremos acercarnos a cada un@ de vosotr@s.

Buen verano y a seguir moviendo las alas.

 ¡Os esperamos en septiembre!

Fatima, Isabel y Sandra

La lucha entre quién eres y quién deberías ser

Una de las dificultades más frecuentes que encontramos tanto entre las personas que acuden a terapia como entre las que nos rodean en el día a día, es la de ser capaz de aceptarnos. Aceptar las partes de nosotros que no nos gustan, aceptar lo que somos, lo que sentimos… aceptar quién somos de forma completa e integrada.

Y es algo que genera mucho sufrimiento porque te hace vivir en una continua lucha entre lo que realmente eres y lo que crees que deberías ser.
Lo que crees que deberías ser para sentirte más aceptad@, más segur@, más reconocid@ por los demás.
Porque somos seres sociales, y nuestra supervivencia depende desde que nacemos de la interacción con otros. En función de las respuestas que recibimos de nuestro entorno en los primeros años de vida, desarrollamos estrategias que nos permiten adaptarnos y sobrevivir de la mejor manera posible, con él mínimo de recursos necesarios.
Estrategias con las que necesitamos sentir que nuestras figuras de referencia y cuidado nos quieren, nos aceptan y nos premian.
Y aprendemos así a adaptarnos a lo que el otro espera de nosotros. Y también a autocensurar aquellas respuestas que no tienen buena acogida. Incluso cuando esa respuesta es una reacción emocional automática como el miedo, la tristeza o el enfado, si no es bien aceptada, aprendemos a reprimirla.
Y además creeremos que el mero hecho de sentirlas está mal, porque hace que los otros “nos quieran menos”, y eso se traduce en mensajes como: “hay algo malo en mí que hace que el otro no me acepte”, lo que nos hará sentir culpables cada vez que sintamos esas emociones, creyendo que son malas o que nos convierten en malos a nosotr@s.
Y llega un día en que de repente te encuentras siendo un adulto que batalla cada día consigo mismo por no mostrar enfado, o que se avergüenza de sentir y expresar miedo. Con un sistema nervioso en continua lucha por poder expresar las señales que las emociones lanzan desde el cerebro, y a la vez intentar reprimirlas de cara a los demás e incluso ante sí mism@…
Es un proceso agotador… desgasta y lleva a las personas a estados de confusión, angustia e incluso desesperación…
La buena noticia es que es posible liberarse de esta carga. Y El primer paso para hacerlo es ser consciente de las contradicciones que se han creado, para poder elaborar un mensaje diferente.
Que se sienta enfado, miedo o cualquier emoción no es ni bueno ni malo. No es cuestionable. Es una respuesta fisiológica automática necesaria y adaptativa como lo es el respirar.
Desde nuestro cerebro de adulto, llenos de aprendizaje y experiencias podemos entender que muchas de las reacciones de nuestros cuidadores y personas del entorno no tenían tanto que ver con lo que nosotros hacíamos, sino más bien con sus propias circunstancias. Ahora podemos darnos cuenta de que a veces, que mamá o papá me regañasen no era a causa de lo “mal@” que había sido, sino de lo cansad@s que estaban, y la poca paciencia que les restaba. Poder darle ese mensaje al cerebro de ese niño que lo vivió,  le ayudaría muchísimo a no sentirse culpable, a saber que “aunque mamá se enfade le va a seguir queriendo, y que no cambia nada lo bueno o malo que él/ella sea”.
Podríamos cambiar la traducción de esa experiencia de: “si me enfado y me quejo mamá se enfada y ya no me quiere, así que es mejor no enfadarme o que al menos no se me note para que me siga queriendo” por esta otra: “las mamás a veces se enfadan igual que me pasa a mi, pero después se le pasa y me quiere igual.”
Esto que puede parecer obvio e incluso trivial, es el origen de infinidad de experiencias traumáticas y bloqueos emocionales entre las personas adultas.
Así que seamos conscientes de que tanto l@s niñ@s que viven EN nosotr@s, como CON nosotr@s traducen las experiencias vividas en sus propios términos, y a veces de forma determinante para su vida. Hagamos que les llegue el mensaje correctamente y ayudémosles a liberarse de la lucha entre lo que realmente se es y lo que se cree que se debe ser.

Por qué ser dependiente a veces, te hace más fuerte.

“Debes ser una persona independiente”, “Tu amiga tenía mucha dependencia de su pareja”, “No quiero que mi hij@ sea tan dependiente de nosotros”. Frases que escuchamos con frecuencia y que nos plantean una idea de la dependencia como algo negativo y en ocasiones asociado a debilidad, exceso de sensibilidad y necesidad patológica de contacto con otras personas.

Desde aquí queremos aportar una nueva visión a la necesidad de depender de otros como tal, una necesidad, no un capricho, una debilidad o ni siquiera una elección.

Los seres humanos nacemos prematuros y dependientes. Dependientes para la supervivencia. Necesitamos de una figura cuidadora que nos alimente y cubra nuestras necesidades básicas durante los primeros años de nuestra vida, de no ser así, moriríamos.

Y nuestras necesidades básicas comprenden el alimento, el cobijo y la estimulación, así como otras muchas como el contacto físico y el afecto, la necesidad de ser mirado, de refuerzo positivo, de ser escuchado… y también de poder depender del otro. Sí, tan importante como que me alimenten, puede llegar a ser para la estructura de la persona sentir que puedo depender de los demás de forma natural y saludable. Esto no es sólo durante los años más tempranos de nuestra infancia, sino a lo largo de toda nuestra vida.

Ser dependiente fortalece a la persona. No serlo siempre, pero sí serlo cuando es necesario, de forma tranquila, sin que eso active otras emociones como la culpa, el rechazo, o el miedo al abandono.

Una persona que vive de forma sana poder ser dependiente, va a poder pedir ayuda a las personas que tiene alrededor en los momentos en que necesite apoyo, fortaleciéndose, al sentir el afecto del otro, estableciendo vínculos de confianza y seguridad, y adquiriendo nuevas herramientas que le ayudarán a manejar situaciones similares que puedan sobrevenirle con mayor sensación de control. Todo ello repercute en una mayor autoestima, y una estructura más fuerte y estable.

Del mismo modo es importante que las personas podamos mostrarnos disponibles cuando alguien a nuestro alrededor pueda necesitarnos, ofreciéndole de igual manera el apoyo, seguridad y estrategias para afrontar ese momento de dificultad.

La experiencia de poder ayudar a otros es también gratificante para un@ mism@, fortaleciendo nuestro autoconcepto, reforzando nuestras propias capacidades y favoreciendo los vínculos afectivos con las personas con las que tenemos más confianza.

Como la mayoría de cosas en la vida, esto es oportuno si lo hacemos con un equilibro adecuado, y los roles pueden ser intercambiables. Vemos con frecuencia como las relaciones basadas en roles muy marcados y fijos, acaban deteriorándose... Las personas que siempre dan apoyo suelen acabar saturados y sin permitirse tener el apoyo que necesitan en ninguna ocasión. Por otro lado, aquellas personas que suelen adquirir el rol constante de dependencia se sienten menos capaces y bloqueados a la hora de afrontar sus dificultades. Es por ello, de la importancia de poder fluctuar entre ambos polos. 

Para que esto sea posible es necesario haber vivido nuestro período de dependencia natural de la infancia de forma sana. Esto pasa por haber recibido la atención necesaria cuando lloramos, ser atendid@s cuando lo requerimos, haber sido acompañad@s en nuestro proceso de aprendizaje favoreciendo la autonomía de forma progresiva, habiéndose validado nuestras emociones independientemente de lo bien o mal que les encajasen a los adultos a nuestro alrededor…

Requisitos que no siempre las circunstancias permiten que se cumplan, por lo que es frecuente que en la edad adulta sea necesario poder reparar esas necesidades.

Afortunadamente, aunque no se puede cambiar el pasado, sí podemos cambiar la manera en la que vivimos y recordamos nuestras experiencias, así como sanar emociones bloqueadas o dolorosas desde nuestra visión de adulto por antiguas que sean.

De hecho es uno de los trabajos que es frecuente llevar a cabo en un proceso terapéutico, y que favorece que los adultos recuperen confianza y fortaleza al poder experimentar un proceso de dependencia natural, que además les permite establecer relaciones mucho más saludables.

Así que es buena idea facilitar en nuestras niñas y niños que vivan su necesidad de dependencia de forma feliz y natural, acompañándoles en el desarrollo de su aprendizaje desde el cariño y los límites que requieren. También lo es identificar en nosotr@s mism@s la vivencia del continuo ser dependiente-independiente en diferentes momentos que tenemos, y revisar si hay alguna carencia al respecto susceptible de abordar. Poder hacerlo es garantía de mejorar la calidad de nuestras relaciones interpersonales y vivir con mayor salud emocional.

Os dejamos las 5 ideas básicas que no debéis olvidar sobre la dependencia.

  1. La dependencia es una necesidad básica del ser humano.
  2. Que se cubran nuestras necesidades relacionadas con la dependencia genera estructuras más fuertes en las personas.
  3. Ser dependiente en algunas ocasiones, fortalece para ser independiente en otras muchas.
  4. Los roles de dependencia entre los personas deben fluctuar para que las relaciones no se deterioren y conviertan en tóxicas.
  5. Tanto en la infancia como en la edad adulta podemos intervenir para generar una base segura respecto a al dependencia, que favorezca mayor fortaleza y autonomía.

¿De dónde me sale tanto enfado?

¿Te ha ocurrido alguna vez que explotes en el momento más inoportuno o con una persona que no te había hecho nada? ¿Has presenciado un estallido de enfado entre dos desconocidos que te resulta desproporcionado a la situación? ¿Has vivido reacciones violentas al volante ante la más mínima molestia? En más de una ocasión habrás escuchado o utilizado la expresión “es la gota que colma el vaso”,  que podría explicar cómo el enfado tiene una capacidad de aguante limitada y llega un momento en que “ya no cabe mas”.

Otra cosa que suele ocurrir es que nos estalle el enfado incluso sin que haya habido gota aparente que nos colme. Son enfados que pueden ser genéricos, asociados a otra persona o a la que tenemos delante.
En cualquiera de los casos, el mecanismo que se pone en marcha en nuestro cerebro es el de unas señales de alarma o disparadores que nos conectan con el canal del enfado de manera que este se “apodera” de nosotros dejando salir “sin filtro” una serie de reacciones físicas verbales y emocionales que pueden generar cuanto menos malestar interno y a los que nos rodean.
Sentir enfado es algo natural y necesario. Es una respuesta adaptativa que tenemos para afrontar determinadas situaciones. Poder expresarlo es fundamental, ya que genera una serie de activaciones físicas y cerebrales que necesitan ser liberadas. Cuando esto no se hace, toda esa energía generada es como si quedase “pendiente” dentro de nosotros y se fuese almacenando en una especie de saco (la amígdala). Ademas activa una neurored que cada vez es más gruesa y comprende más terminaciones que se relacionan con la vivencia del enfado.
Esto hace que se asocie a mayor cantidad de experiencias vividas sin ser resueltas, en las que con seguridad se han quedado necesidades sin resolver que generan una especie de “hueco emocional” (la de expresarme, la de que me tengan en cuenta, la de que me reparen un daño infringido…). Es por ello, que ese enfado es capaz de hacernos sentir el dolor asociado a todas esas situaciones que nos enfadaron, y también a la sensación de vacío que esos huecos sin cubrir nos produce. De ahí que a veces resulte tan intensa la sensación.
Lo ideal es poder reaccionar de forma natural a cada una de estas activaciones, y cuando eso no es posible por el motivo que sea, las circunstancias no son las oportunas,  tengo dificultades para expresarme con libertad, temo la reacción de la otra persona y me resulta menos costoso callarme etc., lo guardaremos y acumularemos.
El tipo de educación, el permiso que hayamos tenido desde la infancia para expresarnos con libertad, la experiencia con el enfado de otras personas que hayamos vivido, o el vínculo establecido con el interlocutor pueden determinar nuestra capacidad de gestión de la ira.
En cualquier caso, para evitar esas situaciones de reacciones desproporcionadas que en ocasiones pueden resultar tan dañinas, sería conveniente poder pararnos a revisar nuestra capacidad de manejo del enfado. 
Si sientes que esto te ocurre con frecuencia o cuando lo hace es con una intensidad elevada, es probable que te viniese bien realizar un trabajo personal que te permita identificar y regular esos sacos saturados de emoción negativa, que quizá necesiten vaciarse, y así te permitas gestionar de forma más saludable para ti y para tu entorno determinadas situaciones y dejar espacio a sensaciones más reconfortantes.
La buena noticia es que está en tu mano poder cambiarlo y mejorar tu calidad de vida.

Cómo sobrevivir a la vuelta al cole

El mes de septiembre se puede hacer muy cuesta arriba… síndrome post vacacional, cuesta económica, adquisición de rutinas y hábitos, puesta a punto de nuevos proyectos… y en familias con niños, además nueva organización de horarios y actividades, períodos de adaptación etc… todas ellas situaciones que suponen un importante desgaste de energía extraordinario.

Si a todo esto añadimos el trago que supone la incorporación al colegio de los más pequeños, no es de extrañar que en más de un hogar estén viviéndose momentos complicados estas semanas.

Para todas esas personas va este post, en el que queremos señalaros algunos de los aspectos que consideramos más importantes. Nos centramos en la incorporación al primer año de colegio y el período de adaptación que las familias estáis viviendo.

La experiencia de cada uno va a ser diferente, y hay muchos factores que pueden influir: el temperamento del niño, la habituación que tenga a estar con personas distintas de mamá y papá, el tipo de vínculo establecido y estilo educativo, la experiencia previa en escuelas infantiles si las ha habido… todo ello va a determinar que la adaptación a la nueva situación sea más o menos sencilla. En cualquier caso, por buenas que sean las condiciones no deja de tratarse de un cambio importante y de una situación nueva en muchas ocasiones, y al ser humano las situaciones nuevas y desconocidas nos generan estrés.

Nuestro cerebro se activa y pone en alerta al cuerpo para afrontar esta situación de posible peligro. Es por ello que con frecuencia el llanto aparentemente inconsolable es la respuesta más generalizada. También es cierto que una vez superado el susto inicial, se desconecta la alerta del cerebro emocional y se está de nuevo preparado para asimilar los nuevos estímulos y sensaciones,  pasando incluso a disfrutar de las novedades que se nos ofrecen. Por ello es igual de frecuente que el profesorado explique que a los cinco minutos de haberos ausentado vuestr@s hijos habían parado de llorar y comenzado a explorar el nuevo mundo que tienen por delante.

Es cierto que durante esos minutos en los que han estado llorando se han activado emociones como el miedo a quedarse sol@s, a que no vuelvan a recogerles, a que el resto de compañer@s no respeten sus pertenencias, espacio o incluso integridad física… y es cierto que son sensaciones desagradables, aunque también experiencias que forman parte del repertorio de escena vitales por las que las personas como tales, pasamos, y el ámbito escolar es uno de sus escenarios. La buena noticia es que tenemos a nuestro alcance herramientas para dulcificar la experiencia y favorecer su asimilación lo mejor posible.

Como hemos comentado en otras ocasiones, es muy importante anticipar los cambios en general, y más cuando son de esta intensidad emocional. Poder explicar las vivencias a través de los cuentos resulta muy útil para que las estructuras cerebrales puedan asimilar las situaciones que viven con mayor facilidad. Tanto contárselo anticipadamente como con posterioridad, a través de historias que les ocurren a otros niños o personajes de ficción, animalitos etc. les sirve para integrar lo vivido.

También es importante la reparación emocional. Es cierto, que los primeros días de estar tantas horas separados del ámbito familiar puede suponer un impacto emocional importante para ell@s, por lo que el contacto físico se hace muy necesario, y las frases del tipo “te he echado mucho de menos”, “tenía muchas ganas de verte y jugar contigo” pueden subsanar en cierta medida las sensaciones desagradables que hayan vivido,  y ayudarles a conectar que a pesar de los cambios que están experimentando, vosotros seguís estando allí para darles afecto y protección.

Otra herramienta de ayuda es enseñarles a compartir sus experiencias. A estas edades sus recuerdos son aun algo difusos, por lo que les podemos ayudar a estructurar sus ideas mediante la realización de dibujos o juegos. Se puede compartir con la familia lo que más les ha gustado y menos en el día, o momentos en los que hayan experimentado determinadas emociones. Ayuda que sea un adulto el que inicie el juego poniendo ejemplos propios: “Lo que menos me ha gustado del día es tener que madrugar mucho, y lo que más me ha gustado es volver a casa y abrazarte…”. También ayudan frases del tipo: “Me he sentido content@/triste/asustad@ etc. cuando…”

Son algunos trucos que pueden ayudarles a digerir mejor los cambios que están viviendo, y a vosotr@s a calmar la parte de preocupación, agobio e incluso culpa que a veces se dispara.

Porque también supone un cambio para los mayores. Cambio, y también duelo. Porque se acaba una etapa. Porque hay una pérdida, la del “bebé” que se transforma definitivamente en niñ@, la del tiempo que ya no vamos a pasar a su lado… con frecuencia aparece el instinto de protección, que quiere evitarles cualquier daño posible, la parte de la preocupación y los famosos “y si…le ocurre” nos atormentan. En ocasiones también temor a sentir el hueco que generan en nuestra agenda, e incluso el miedo a que comiencen a necesitarnos menos….todo ello supone que sea necesario un proceso de adaptación y asimilación para mamás y/o papás.

Como proceso o transición que es, el tiempo ayuda a pasarlo… y también puede hacerlo focalizar los pensamientos en ideas como los beneficios que van a obtener de esta nueva etapa: el desarrollo de competencias sociales, como la capacidad de relacionarse con el otro, la capacidad para negociar, para esperar turnos, aprender compartir, a regular sus emociones, la cantidad de aprendizaje sobre sí mismos y el entorno que van a adquirir, a disfrutar del juego de maneras novedosas, a recibir afecto de otras fuentes…

Y por otro lado los beneficios para los adultos que tras toda esa barrera de miedo, preocupación y tristeza pueden aparecer: Más tiempo para uno mismo, liberarse de cierta sobrecarga física y emocional, sentir que se favorece la autonomía y desarrollo adecuado de los hij@s, generar nuevos maneras de relacionarse con ellos, aprender a mostrar interés por sus vivencias y nuevos aprendizajes que nos comparten cuando nos reencontramos, poder dedicar tiempo de mayor calidad…

En definitiva ser conscientes de que aunque a veces no resulte fácil, y conlleve cierta tristeza, se trata de una de las etapas del ciclo vital por las que va a haber que ir pasando, y que al soltar también se nos permite recibir cosas nuevas de las que nutrirnos para poder seguir fortaleciendo tanto a nosotros como madres y padres, como a los más pequeñ@s en su desarrollo y también a los vínculos establecidos de forma más sana y positiva.

Así que ánimo en esta transición a veces difícil que puede reportaros enormes beneficios.