Esta Navidad deja el móvil en el bolsillo

Nuestra sugerencia para esta Navidad: deja el móvil en el bolsillo. Te explicamos por qué:

Estamos viviendo un momento de cambio y aumento de las tecnologías, donde las redes sociales y los móviles están cogiendo mucho protagonismo en nuestros días. Vemos cómo se está normalizando la situación de ver a niñ@s o mayores entretenidos con sus móviles en la mesa sin participar en la conversación. Todo esto puede provocar una curiosa paradoja “los móviles están interfiriendo en las comunicaciones intrafamiliares” provocando que la estampa que representa el anuncio de Ikea esté muy próxima a la realidad.

Las tecnologías no han de ser el enemigo de las relaciones personales sino un complemento para mejorarlas, pero el mal uso a veces está sustituyendo muchos actos por emoticonos.

Este pequeño post junto con el anuncio de Ikea, sólo persigue traer a la consciencia esta situación a cada uno de nosotros. Se trata de tener más control a la hora de responder un WhatsApp durante una cena familiar y empaparnos de las experiencias de los seres queridos de alrededor de esa mesa de Navidad. Enseñarles a los más peques que los móviles sólo son una herramienta para mantener cerca a los que están lejos y no un sustituto de las interacciones afectivas.

Los beneficicios de volver a la rutina

La vuelta a la realidad es dura.

Necesitamos unos días de adaptación para cambiar las chanclas por el ordenador, y la crema protectora por cafés de máquina.

Son días de compartir las experiencias vividas y añorar los lugares disfrutados.

También es cierto que la vuelta supone un nuevo comienzo, una nueva oportunidad de implementar cambios en lo personal y lo profesional.

Renovamos las energías con un nuevo impulso, que aunque en pocas semanas se suele diluir, es bueno poder aprovechar.

Utilicémoslo para conectar con aquello que nos hace sentir bien, sensaciones que tenemos más recientes y podemos mantener.

Aquí tienes cinco sencillas claves que pueden ayudar a tu cerebro y a tu cuerpo a incorporarse con mejor energía.

  • Organiza mejor tu tiempo, intenta crear un momento nuevo especialmente para ti. Madruga más, resérvate una tarde entre diario o en el fin de semana. Esto puede ayudarte a mantener tu esencia, a no dejarte arrastrar por las obligaciones y anteponer siempre a los demás. Tú eres importante y saber cuidarte es fundamental para sostener el cuidado del resto de personas y obligaciones.
  • Introduce algo de ejercicio y movimiento. Vives en tu cuerpo, y mantenerlo ágil y saludable favorece la calidad de tu vida.
  • Depura tu dieta, introduce alimentos saludables de calidad y ricos en nutrientes. Solemos hacer excesos en el verano, y ahora está bien poder filtrar con una buena dieta, en la que volvamos a tener en cuenta las necesidades nutricionales de nuestro organismo.
  • Contacta con la gente que te hace sentir bien, fomenta tu sonrisa. El contacto con las personas es una de la fuentes de sanación más potentes. Elige bien con quién te apetece estar, y disfruta de su compañía y afecto.
  • Conéctate con la naturaleza, Ve a la montaña, o al parque de tu barrio, intentando hacer paseos conscientes. Estar en contacto con la naturaleza tiene importantes efectos beneficiosos en nuestra salud física y mental, y  es especialmente importante cuando vivimos en ciudades. Intenta vencer la pereza de vez en cuando y regalarte un paseo en el que disfrutes de tu entorno de manera plena.

Ánimo y a intentar allanar esa cuesta arriba con que nos suele  recibir septiembre.

GRACIAS POR ALETEAR CON NOSOTRAS

Esta semana cerramos el curso. Un curso lleno emociones y crecimiento.

Un curso en el que hemos celebrado nuestro primer año en funcionamiento, en que habéis sido más de 100 personas las habéis confiado en Aletea para acompañaros en vuestro camino…

En que hemos llenado de vida y luz los despachos con horas de trabajo dedicadas al bienestar y la salud.

Un curso en el que hemos aprendido y crecido también nosotras con cada experiencia que habéis compartido.
Así que solo nos queda daros las GRACIAS.

A l@s que habéis venido a Aletea este año, a l@s que nos leéis, compartís o seguís en Facebook, a l@s que nos escribís reseñas, a los que nos recomendáis a otras personas, a l@s que confiáis por primera vez, a l@s que aún os lo estáis pensando y a l@s que ni siquiera habéis oído aún hablar de nosotras.

GRACIAS por estar ahí y hacer que el vuelo de Aletea suba cada vez más alto con vuestra fuerza.

Porque Aletea es nuestro sueño, es lo que somos y con lo que queremos acercarnos a cada un@ de vosotr@s.

Buen verano y a seguir moviendo las alas.

 ¡Os esperamos en septiembre!

Fatima, Isabel y Sandra

Por qué ser dependiente a veces, te hace más fuerte.

“Debes ser una persona independiente”, “Tu amiga tenía mucha dependencia de su pareja”, “No quiero que mi hij@ sea tan dependiente de nosotros”. Frases que escuchamos con frecuencia y que nos plantean una idea de la dependencia como algo negativo y en ocasiones asociado a debilidad, exceso de sensibilidad y necesidad patológica de contacto con otras personas.

Desde aquí queremos aportar una nueva visión a la necesidad de depender de otros como tal, una necesidad, no un capricho, una debilidad o ni siquiera una elección.

Los seres humanos nacemos prematuros y dependientes. Dependientes para la supervivencia. Necesitamos de una figura cuidadora que nos alimente y cubra nuestras necesidades básicas durante los primeros años de nuestra vida, de no ser así, moriríamos.

Y nuestras necesidades básicas comprenden el alimento, el cobijo y la estimulación, así como otras muchas como el contacto físico y el afecto, la necesidad de ser mirado, de refuerzo positivo, de ser escuchado… y también de poder depender del otro. Sí, tan importante como que me alimenten, puede llegar a ser para la estructura de la persona sentir que puedo depender de los demás de forma natural y saludable. Esto no es sólo durante los años más tempranos de nuestra infancia, sino a lo largo de toda nuestra vida.

Ser dependiente fortalece a la persona. No serlo siempre, pero sí serlo cuando es necesario, de forma tranquila, sin que eso active otras emociones como la culpa, el rechazo, o el miedo al abandono.

Una persona que vive de forma sana poder ser dependiente, va a poder pedir ayuda a las personas que tiene alrededor en los momentos en que necesite apoyo, fortaleciéndose, al sentir el afecto del otro, estableciendo vínculos de confianza y seguridad, y adquiriendo nuevas herramientas que le ayudarán a manejar situaciones similares que puedan sobrevenirle con mayor sensación de control. Todo ello repercute en una mayor autoestima, y una estructura más fuerte y estable.

Del mismo modo es importante que las personas podamos mostrarnos disponibles cuando alguien a nuestro alrededor pueda necesitarnos, ofreciéndole de igual manera el apoyo, seguridad y estrategias para afrontar ese momento de dificultad.

La experiencia de poder ayudar a otros es también gratificante para un@ mism@, fortaleciendo nuestro autoconcepto, reforzando nuestras propias capacidades y favoreciendo los vínculos afectivos con las personas con las que tenemos más confianza.

Como la mayoría de cosas en la vida, esto es oportuno si lo hacemos con un equilibro adecuado, y los roles pueden ser intercambiables. Vemos con frecuencia como las relaciones basadas en roles muy marcados y fijos, acaban deteriorándose... Las personas que siempre dan apoyo suelen acabar saturados y sin permitirse tener el apoyo que necesitan en ninguna ocasión. Por otro lado, aquellas personas que suelen adquirir el rol constante de dependencia se sienten menos capaces y bloqueados a la hora de afrontar sus dificultades. Es por ello, de la importancia de poder fluctuar entre ambos polos. 

Para que esto sea posible es necesario haber vivido nuestro período de dependencia natural de la infancia de forma sana. Esto pasa por haber recibido la atención necesaria cuando lloramos, ser atendid@s cuando lo requerimos, haber sido acompañad@s en nuestro proceso de aprendizaje favoreciendo la autonomía de forma progresiva, habiéndose validado nuestras emociones independientemente de lo bien o mal que les encajasen a los adultos a nuestro alrededor…

Requisitos que no siempre las circunstancias permiten que se cumplan, por lo que es frecuente que en la edad adulta sea necesario poder reparar esas necesidades.

Afortunadamente, aunque no se puede cambiar el pasado, sí podemos cambiar la manera en la que vivimos y recordamos nuestras experiencias, así como sanar emociones bloqueadas o dolorosas desde nuestra visión de adulto por antiguas que sean.

De hecho es uno de los trabajos que es frecuente llevar a cabo en un proceso terapéutico, y que favorece que los adultos recuperen confianza y fortaleza al poder experimentar un proceso de dependencia natural, que además les permite establecer relaciones mucho más saludables.

Así que es buena idea facilitar en nuestras niñas y niños que vivan su necesidad de dependencia de forma feliz y natural, acompañándoles en el desarrollo de su aprendizaje desde el cariño y los límites que requieren. También lo es identificar en nosotr@s mism@s la vivencia del continuo ser dependiente-independiente en diferentes momentos que tenemos, y revisar si hay alguna carencia al respecto susceptible de abordar. Poder hacerlo es garantía de mejorar la calidad de nuestras relaciones interpersonales y vivir con mayor salud emocional.

Os dejamos las 5 ideas básicas que no debéis olvidar sobre la dependencia.

  1. La dependencia es una necesidad básica del ser humano.
  2. Que se cubran nuestras necesidades relacionadas con la dependencia genera estructuras más fuertes en las personas.
  3. Ser dependiente en algunas ocasiones, fortalece para ser independiente en otras muchas.
  4. Los roles de dependencia entre los personas deben fluctuar para que las relaciones no se deterioren y conviertan en tóxicas.
  5. Tanto en la infancia como en la edad adulta podemos intervenir para generar una base segura respecto a al dependencia, que favorezca mayor fortaleza y autonomía.

¿De dónde me sale tanto enfado?

¿Te ha ocurrido alguna vez que explotes en el momento más inoportuno o con una persona que no te había hecho nada? ¿Has presenciado un estallido de enfado entre dos desconocidos que te resulta desproporcionado a la situación? ¿Has vivido reacciones violentas al volante ante la más mínima molestia? En más de una ocasión habrás escuchado o utilizado la expresión “es la gota que colma el vaso”,  que podría explicar cómo el enfado tiene una capacidad de aguante limitada y llega un momento en que “ya no cabe mas”.

Otra cosa que suele ocurrir es que nos estalle el enfado incluso sin que haya habido gota aparente que nos colme. Son enfados que pueden ser genéricos, asociados a otra persona o a la que tenemos delante.
En cualquiera de los casos, el mecanismo que se pone en marcha en nuestro cerebro es el de unas señales de alarma o disparadores que nos conectan con el canal del enfado de manera que este se “apodera” de nosotros dejando salir “sin filtro” una serie de reacciones físicas verbales y emocionales que pueden generar cuanto menos malestar interno y a los que nos rodean.
Sentir enfado es algo natural y necesario. Es una respuesta adaptativa que tenemos para afrontar determinadas situaciones. Poder expresarlo es fundamental, ya que genera una serie de activaciones físicas y cerebrales que necesitan ser liberadas. Cuando esto no se hace, toda esa energía generada es como si quedase “pendiente” dentro de nosotros y se fuese almacenando en una especie de saco (la amígdala). Ademas activa una neurored que cada vez es más gruesa y comprende más terminaciones que se relacionan con la vivencia del enfado.
Esto hace que se asocie a mayor cantidad de experiencias vividas sin ser resueltas, en las que con seguridad se han quedado necesidades sin resolver que generan una especie de “hueco emocional” (la de expresarme, la de que me tengan en cuenta, la de que me reparen un daño infringido…). Es por ello, que ese enfado es capaz de hacernos sentir el dolor asociado a todas esas situaciones que nos enfadaron, y también a la sensación de vacío que esos huecos sin cubrir nos produce. De ahí que a veces resulte tan intensa la sensación.
Lo ideal es poder reaccionar de forma natural a cada una de estas activaciones, y cuando eso no es posible por el motivo que sea, las circunstancias no son las oportunas,  tengo dificultades para expresarme con libertad, temo la reacción de la otra persona y me resulta menos costoso callarme etc., lo guardaremos y acumularemos.
El tipo de educación, el permiso que hayamos tenido desde la infancia para expresarnos con libertad, la experiencia con el enfado de otras personas que hayamos vivido, o el vínculo establecido con el interlocutor pueden determinar nuestra capacidad de gestión de la ira.
En cualquier caso, para evitar esas situaciones de reacciones desproporcionadas que en ocasiones pueden resultar tan dañinas, sería conveniente poder pararnos a revisar nuestra capacidad de manejo del enfado. 
Si sientes que esto te ocurre con frecuencia o cuando lo hace es con una intensidad elevada, es probable que te viniese bien realizar un trabajo personal que te permita identificar y regular esos sacos saturados de emoción negativa, que quizá necesiten vaciarse, y así te permitas gestionar de forma más saludable para ti y para tu entorno determinadas situaciones y dejar espacio a sensaciones más reconfortantes.
La buena noticia es que está en tu mano poder cambiarlo y mejorar tu calidad de vida.

Cómo sobrevivir a la vuelta al cole

El mes de septiembre se puede hacer muy cuesta arriba… síndrome post vacacional, cuesta económica, adquisición de rutinas y hábitos, puesta a punto de nuevos proyectos… y en familias con niños, además nueva organización de horarios y actividades, períodos de adaptación etc… todas ellas situaciones que suponen un importante desgaste de energía extraordinario.

Si a todo esto añadimos el trago que supone la incorporación al colegio de los más pequeños, no es de extrañar que en más de un hogar estén viviéndose momentos complicados estas semanas.

Para todas esas personas va este post, en el que queremos señalaros algunos de los aspectos que consideramos más importantes. Nos centramos en la incorporación al primer año de colegio y el período de adaptación que las familias estáis viviendo.

La experiencia de cada uno va a ser diferente, y hay muchos factores que pueden influir: el temperamento del niño, la habituación que tenga a estar con personas distintas de mamá y papá, el tipo de vínculo establecido y estilo educativo, la experiencia previa en escuelas infantiles si las ha habido… todo ello va a determinar que la adaptación a la nueva situación sea más o menos sencilla. En cualquier caso, por buenas que sean las condiciones no deja de tratarse de un cambio importante y de una situación nueva en muchas ocasiones, y al ser humano las situaciones nuevas y desconocidas nos generan estrés.

Nuestro cerebro se activa y pone en alerta al cuerpo para afrontar esta situación de posible peligro. Es por ello que con frecuencia el llanto aparentemente inconsolable es la respuesta más generalizada. También es cierto que una vez superado el susto inicial, se desconecta la alerta del cerebro emocional y se está de nuevo preparado para asimilar los nuevos estímulos y sensaciones,  pasando incluso a disfrutar de las novedades que se nos ofrecen. Por ello es igual de frecuente que el profesorado explique que a los cinco minutos de haberos ausentado vuestr@s hijos habían parado de llorar y comenzado a explorar el nuevo mundo que tienen por delante.

Es cierto que durante esos minutos en los que han estado llorando se han activado emociones como el miedo a quedarse sol@s, a que no vuelvan a recogerles, a que el resto de compañer@s no respeten sus pertenencias, espacio o incluso integridad física… y es cierto que son sensaciones desagradables, aunque también experiencias que forman parte del repertorio de escena vitales por las que las personas como tales, pasamos, y el ámbito escolar es uno de sus escenarios. La buena noticia es que tenemos a nuestro alcance herramientas para dulcificar la experiencia y favorecer su asimilación lo mejor posible.

Como hemos comentado en otras ocasiones, es muy importante anticipar los cambios en general, y más cuando son de esta intensidad emocional. Poder explicar las vivencias a través de los cuentos resulta muy útil para que las estructuras cerebrales puedan asimilar las situaciones que viven con mayor facilidad. Tanto contárselo anticipadamente como con posterioridad, a través de historias que les ocurren a otros niños o personajes de ficción, animalitos etc. les sirve para integrar lo vivido.

También es importante la reparación emocional. Es cierto, que los primeros días de estar tantas horas separados del ámbito familiar puede suponer un impacto emocional importante para ell@s, por lo que el contacto físico se hace muy necesario, y las frases del tipo “te he echado mucho de menos”, “tenía muchas ganas de verte y jugar contigo” pueden subsanar en cierta medida las sensaciones desagradables que hayan vivido,  y ayudarles a conectar que a pesar de los cambios que están experimentando, vosotros seguís estando allí para darles afecto y protección.

Otra herramienta de ayuda es enseñarles a compartir sus experiencias. A estas edades sus recuerdos son aun algo difusos, por lo que les podemos ayudar a estructurar sus ideas mediante la realización de dibujos o juegos. Se puede compartir con la familia lo que más les ha gustado y menos en el día, o momentos en los que hayan experimentado determinadas emociones. Ayuda que sea un adulto el que inicie el juego poniendo ejemplos propios: “Lo que menos me ha gustado del día es tener que madrugar mucho, y lo que más me ha gustado es volver a casa y abrazarte…”. También ayudan frases del tipo: “Me he sentido content@/triste/asustad@ etc. cuando…”

Son algunos trucos que pueden ayudarles a digerir mejor los cambios que están viviendo, y a vosotr@s a calmar la parte de preocupación, agobio e incluso culpa que a veces se dispara.

Porque también supone un cambio para los mayores. Cambio, y también duelo. Porque se acaba una etapa. Porque hay una pérdida, la del “bebé” que se transforma definitivamente en niñ@, la del tiempo que ya no vamos a pasar a su lado… con frecuencia aparece el instinto de protección, que quiere evitarles cualquier daño posible, la parte de la preocupación y los famosos “y si…le ocurre” nos atormentan. En ocasiones también temor a sentir el hueco que generan en nuestra agenda, e incluso el miedo a que comiencen a necesitarnos menos….todo ello supone que sea necesario un proceso de adaptación y asimilación para mamás y/o papás.

Como proceso o transición que es, el tiempo ayuda a pasarlo… y también puede hacerlo focalizar los pensamientos en ideas como los beneficios que van a obtener de esta nueva etapa: el desarrollo de competencias sociales, como la capacidad de relacionarse con el otro, la capacidad para negociar, para esperar turnos, aprender compartir, a regular sus emociones, la cantidad de aprendizaje sobre sí mismos y el entorno que van a adquirir, a disfrutar del juego de maneras novedosas, a recibir afecto de otras fuentes…

Y por otro lado los beneficios para los adultos que tras toda esa barrera de miedo, preocupación y tristeza pueden aparecer: Más tiempo para uno mismo, liberarse de cierta sobrecarga física y emocional, sentir que se favorece la autonomía y desarrollo adecuado de los hij@s, generar nuevos maneras de relacionarse con ellos, aprender a mostrar interés por sus vivencias y nuevos aprendizajes que nos comparten cuando nos reencontramos, poder dedicar tiempo de mayor calidad…

En definitiva ser conscientes de que aunque a veces no resulte fácil, y conlleve cierta tristeza, se trata de una de las etapas del ciclo vital por las que va a haber que ir pasando, y que al soltar también se nos permite recibir cosas nuevas de las que nutrirnos para poder seguir fortaleciendo tanto a nosotros como madres y padres, como a los más pequeñ@s en su desarrollo y también a los vínculos establecidos de forma más sana y positiva.

Así que ánimo en esta transición a veces difícil que puede reportaros enormes beneficios.

Vacaciones: Paraíso o infierno

Viajar, una de las aficiones más frecuentes y extendidas entre el común de los mortales. Un ansiado premio que muchas personas aguardan como recompensa al llegar las vacaciones.

Pero, tanto si viajamos a 10.000 km sumergiéndonos en culturas remotas, como si disfrutamos de los hermosos rincones que nos regala nuestra geografía, las vacaciones pueden ser fuente de gran disfrute o de enorme estrés y conflictos.
Algunas estadísticas afirman que el número de divorcios incrementa notablemente después del periodo vacacional, y no serán pocas las amistades rotas después de pasar un verano juntos.Y es que viajar puede ser un placer, pero no es fácil.
Antes de siquiera moverte de la silla hay que decidir destino, conseguir transporte, establecer un itinerario, escoger alojamiento, decidir y contratar las actividades que realizar allí… Todo ello además teniendo en cuenta que se obtengan las mejores ofertas del mercado, en los lugares más valorados, pero a la vez con cierto nivel de exclusividad y autenticidad… todo un reto.
Una vez en marcha son muchas las circunstancias que pueden hacer que el viaje se agrie desde el minuto cero: retrasos y cancelaciones de aviones,  trenes etc., atascos desesperantes…, alojamientos que no cumplen con nuestras expectativas, anulaciones de reservas, overbooking…, indisposiciones de alguno de los miembros del equipo viajero, mal tiempo, calor sofocante, comida incompatible con el estómago, una playa no apta para el baño, aglomeraciones…
Son circunstancias que pueden estropear las vacaciones o aceptarse con una actitud positiva que favorezca el disfrute a pesar de los inconvenientes. Esa actitud se puede construir, y resulta más o menos fácil en función del perfil de viajero que tengamos:
En primer lugar está el organizador u organizadora que quiere tener todo controlado al dedillo, sin que se le escape un detalle… se conocerá el mapa de memoria y será capaz de guiarte por cualquier parte antes de haber llegado siquiera al destino. Son personas que han dedicado un gran esfuerzo tanto a la planificación previa como a la organización diaria, resultando muy prácticas como acompañante, aunque suelen generar también una  importante presión para cumplir el plan establecido, por lo que cualquier actividad fuera del pacto original suele desestabilizar su paz y por extensión la del resto de personas.
También hay personas que se dejan llevar, que no se implican demasiado en la toma de decisiones y que simplemente delegan su voto. Son los que dicen “sí a todo”, l@s acomodad@s. Suelen ser personas que disfrutan del día a día, que prefieren ir improvisando y que no le dan demasiada importancia a la labor organizativa. Estos dos perfiles pueden parecer un buen equipo, y en ocasiones lo son, pero también pueden surgir importantes conflictos entre ellos, si el organizador se siente muy sobrecargado por la toma de decisiones y no siente el apoyo del otro, o si se plantean cambios de forma improvisada que no encajan en el plan.
El papel de un tercer perfil, el mediador o mediadora,  flexible pero con capacidad de liderazgo y mediación puede ser un gran complemento en este equipo. Una persona que se implique en la organización del viaje, pero que sea capaz de recoger los intereses e imprevistos que puedan surgir con flexibilidad y capacidad de adaptación. Puede servir de soporte para los dos perfiles anteriores, apoyando al organizador en sus tareas, y también fomentando la implicación del acomodado, a la vez que favorece la apertura a cambios y margen para la improvisación.
Ante todas las situaciones difíciles que planteábamos la actitud con la que se afronten va a variar enormemente en cada perfil. Pueden llegar a generarse situaciones tensas que se mantengan durante el período vacacional generando una dinámica tóxica que puede incluso extenderse a la relación a la vuelta de vacaciones. Por ello es muy importante conocer cuál es tu actitud y las de tus acompañantes e intentar aportar lo mejor para el equipo.
No hay recetas mágicas, hay viajes que resultan un auténtico paraíso y otros que pueden convertirse en un infierno, pero hay algunas actitudes que favorecerán su disfrute seas del perfil que seas:
1. Autoconocimiento: Ten claras tus puntos fuertes y también los débiles tanto de viaje como en grupo para poder anticipar posibles dificultades propias.
2. Autorregulación: Entrena tu capacidad de vuelta a al calma desde el enfado, la frustración, el miedo u otros estados que puedan desbordarte.
3. Sé flexible. Tener un plan es genial, pero poder saltárselo en ocasioens puede resultar aún más placentero, y sobretodo, ser flexible para acoger las necesidades de otros, genera vínculos positivos y mejora nuestro autoconcepto.
4. Céntrate en la búsqueda de soluciones ante imprevistos y complicaciones. Lamentarse es necesario durante un rato, pero recrearse en ello puede atascar la situación de forma innecesaria. La capacidad de buscar alternativas y centrarse rápidamente en ellas en vez de quedarnos atrapados en lo que pudo ser y no fue resulta mucho más saludable para ti y los que te rodean.
5. Mirada positiva: Es recomendable tenerla siempre, pero de vacaciones lo es aún más. Son pocos los días de los que disponemos, y mucho el cansancio y estrés que acumulamos. Ponerse las gafas de lo positivo te ayudará a relativizar las dificultades y a sacar el máximo provecho a las situaciones placenteras.
Así que adelante viajeros, sean como sean vuestras vacaciones, una actitud adecuada os puede salvar de cualquier contratiempo.

Carta a la jefa de papá

La conciliación familiar es uno de los grandes enemigos de muchísimas familias hoy en día. Lo vemos en las familia que llegan a consulta, en las que asisten a nuestros talleres y en las que tenemos alrededor.
Amplias jornadas de trabajo e hijos se suelen acompañar de actividades extra escolares, poco tiempo disponible, cansancio y estrés. Es difícil de manejar para los adultos, pero también para l@s pequeñ@s.
Desde la concejalía de Igualdad del ayuntamiento de Elche han lanzado esta campaña por la conciliación de la vida laboral y familiar.

Os dejamos el video de esta iniciativa.

Acoger la frustración

No ser capaz de hacer obedecer a mi hij@, no conseguir que cuadren las cuentas después de hacer un cálculo tres veces, que tu pareja siga en sus trece sin ponerse en tu lugar a pesar de explicarle una y otra vez tu postura, o que después toda una mañana cocinando se te queme la comida…

Todas ellas son situaciones cotidianas pero difíciles de digerir, que  suelen generar en nosotros una sensación incómoda y desesperanzadora.  Es el sentimiento de frustración, uno de los los más desagradables y difíciles de manejar. Es una sensación que nos activa enormemente y de las que consiguen con más facilidad sacarnos de nuestras casillas.

Su potencia se relaciona con la conexión neuronal que se produce, mediante la cual sensaciones similares de vivencias anteriores se suman a la del momento presente y disparan su intensidad.

Está relacionada con la sensación de no conseguir algún propósito, y esta vivencia se conecta directamente con un aspecto fundamental para sostener nuestra propia identidad, la sensación de valía. Se pone en entredicho tanto nuestra capacidad para alcanzar logros como el valor que los demás nos otorgan, y ante una amenaza tal nuestro organismo activa todas las alarmas para defendernos del tremendo ataque que supone para nuestra autoestima personal y social.
Es por eso que la respuesta hacia los demás cuando nos sentimos frustrados puede ser hostil e injusta en muchas ocasiones. Lo que suele conllevar más tarde una sensación de culpa por habernos “pasado de la raya con el otro”.
Por ello es bueno recordar algunos aspectos que quizá te ayuden a recuperar el control emocional antes de sacar las garras ante aquello o aquellos que te hayan frustrado:
1.Es normal sentir rabia ante la frustración, nos pasa a todas las personas y poder liberar la activación que nos genera en el cuerpo ayuda a que se pase.
2. Tómate tu tiempo para desahogarte, respirar y recuperar el sosiego, antes de interaccionar con otros.
3. La intensidad de tu emoción probablemente no habla sólo de esta situación, sino que está trayendo sensaciones antiguas que la incrementan, por lo que intentar relativizar y centrarnos en el hecho en concreto puede ayudar a rebajar la intensidad.

4. Lo que haces habla de los que haces, no de lo que eres. No conseguir un propósito en un momento dado, sólo dice eso, que no lo has conseguido en ese momento, no significa que no tengas capacidad para conseguirlo en otra ocasión o que no haya otras muchas cosas que sí eres capaz de alcanzar.

5. Cuida tu discurso. El relato que construyas de ti mism@, la manera en que te cuentas la manera de alcanzar o no tus objetivos puede ser constructivo o muy destructivo para ti…está en tus manos que la frustración te venza o te fortalezca… lo que creas es lo que crearás.
Así que no luchemos contra la frustración, démosle el hueco que necesita y aprendamos a vivir con ella sin hacernos daño ni  a nosotr@s mism@s ni a las personas que tenemos cerca.