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La lucha entre quién eres y quién deberías ser

Una de las dificultades más frecuentes que encontramos tanto entre las personas que acuden a terapia como entre las que nos rodean en el día a día, es la de ser capaz de aceptarnos. Aceptar las partes de nosotros que no nos gustan, aceptar lo que somos, lo que sentimos… aceptar quién somos de forma completa e integrada.

Y es algo que genera mucho sufrimiento porque te hace vivir en una continua lucha entre lo que realmente eres y lo que crees que deberías ser.
Lo que crees que deberías ser para sentirte más aceptad@, más segur@, más reconocid@ por los demás.
Porque somos seres sociales, y nuestra supervivencia depende desde que nacemos de la interacción con otros. En función de las respuestas que recibimos de nuestro entorno en los primeros años de vida, desarrollamos estrategias que nos permiten adaptarnos y sobrevivir de la mejor manera posible, con él mínimo de recursos necesarios.
Estrategias con las que necesitamos sentir que nuestras figuras de referencia y cuidado nos quieren, nos aceptan y nos premian.
Y aprendemos así a adaptarnos a lo que el otro espera de nosotros. Y también a autocensurar aquellas respuestas que no tienen buena acogida. Incluso cuando esa respuesta es una reacción emocional automática como el miedo, la tristeza o el enfado, si no es bien aceptada, aprendemos a reprimirla.
Y además creeremos que el mero hecho de sentirlas está mal, porque hace que los otros “nos quieran menos”, y eso se traduce en mensajes como: “hay algo malo en mí que hace que el otro no me acepte”, lo que nos hará sentir culpables cada vez que sintamos esas emociones, creyendo que son malas o que nos convierten en malos a nosotr@s.
Y llega un día en que de repente te encuentras siendo un adulto que batalla cada día consigo mismo por no mostrar enfado, o que se avergüenza de sentir y expresar miedo. Con un sistema nervioso en continua lucha por poder expresar las señales que las emociones lanzan desde el cerebro, y a la vez intentar reprimirlas de cara a los demás e incluso ante sí mism@…
Es un proceso agotador… desgasta y lleva a las personas a estados de confusión, angustia e incluso desesperación…
La buena noticia es que es posible liberarse de esta carga. Y El primer paso para hacerlo es ser consciente de las contradicciones que se han creado, para poder elaborar un mensaje diferente.
Que se sienta enfado, miedo o cualquier emoción no es ni bueno ni malo. No es cuestionable. Es una respuesta fisiológica automática necesaria y adaptativa como lo es el respirar.
Desde nuestro cerebro de adulto, llenos de aprendizaje y experiencias podemos entender que muchas de las reacciones de nuestros cuidadores y personas del entorno no tenían tanto que ver con lo que nosotros hacíamos, sino más bien con sus propias circunstancias. Ahora podemos darnos cuenta de que a veces, que mamá o papá me regañasen no era a causa de lo “mal@” que había sido, sino de lo cansad@s que estaban, y la poca paciencia que les restaba. Poder darle ese mensaje al cerebro de ese niño que lo vivió,  le ayudaría muchísimo a no sentirse culpable, a saber que “aunque mamá se enfade le va a seguir queriendo, y que no cambia nada lo bueno o malo que él/ella sea”.
Podríamos cambiar la traducción de esa experiencia de: “si me enfado y me quejo mamá se enfada y ya no me quiere, así que es mejor no enfadarme o que al menos no se me note para que me siga queriendo” por esta otra: “las mamás a veces se enfadan igual que me pasa a mi, pero después se le pasa y me quiere igual.”
Esto que puede parecer obvio e incluso trivial, es el origen de infinidad de experiencias traumáticas y bloqueos emocionales entre las personas adultas.
Así que seamos conscientes de que tanto l@s niñ@s que viven EN nosotr@s, como CON nosotr@s traducen las experiencias vividas en sus propios términos, y a veces de forma determinante para su vida. Hagamos que les llegue el mensaje correctamente y ayudémosles a liberarse de la lucha entre lo que realmente se es y lo que se cree que se debe ser.

Por qué ser dependiente a veces, te hace más fuerte.

“Debes ser una persona independiente”, “Tu amiga tenía mucha dependencia de su pareja”, “No quiero que mi hij@ sea tan dependiente de nosotros”. Frases que escuchamos con frecuencia y que nos plantean una idea de la dependencia como algo negativo y en ocasiones asociado a debilidad, exceso de sensibilidad y necesidad patológica de contacto con otras personas.

Desde aquí queremos aportar una nueva visión a la necesidad de depender de otros como tal, una necesidad, no un capricho, una debilidad o ni siquiera una elección.

Los seres humanos nacemos prematuros y dependientes. Dependientes para la supervivencia. Necesitamos de una figura cuidadora que nos alimente y cubra nuestras necesidades básicas durante los primeros años de nuestra vida, de no ser así, moriríamos.

Y nuestras necesidades básicas comprenden el alimento, el cobijo y la estimulación, así como otras muchas como el contacto físico y el afecto, la necesidad de ser mirado, de refuerzo positivo, de ser escuchado… y también de poder depender del otro. Sí, tan importante como que me alimenten, puede llegar a ser para la estructura de la persona sentir que puedo depender de los demás de forma natural y saludable. Esto no es sólo durante los años más tempranos de nuestra infancia, sino a lo largo de toda nuestra vida.

Ser dependiente fortalece a la persona. No serlo siempre, pero sí serlo cuando es necesario, de forma tranquila, sin que eso active otras emociones como la culpa, el rechazo, o el miedo al abandono.

Una persona que vive de forma sana poder ser dependiente, va a poder pedir ayuda a las personas que tiene alrededor en los momentos en que necesite apoyo, fortaleciéndose, al sentir el afecto del otro, estableciendo vínculos de confianza y seguridad, y adquiriendo nuevas herramientas que le ayudarán a manejar situaciones similares que puedan sobrevenirle con mayor sensación de control. Todo ello repercute en una mayor autoestima, y una estructura más fuerte y estable.

Del mismo modo es importante que las personas podamos mostrarnos disponibles cuando alguien a nuestro alrededor pueda necesitarnos, ofreciéndole de igual manera el apoyo, seguridad y estrategias para afrontar ese momento de dificultad.

La experiencia de poder ayudar a otros es también gratificante para un@ mism@, fortaleciendo nuestro autoconcepto, reforzando nuestras propias capacidades y favoreciendo los vínculos afectivos con las personas con las que tenemos más confianza.

Como la mayoría de cosas en la vida, esto es oportuno si lo hacemos con un equilibro adecuado, y los roles pueden ser intercambiables. Vemos con frecuencia como las relaciones basadas en roles muy marcados y fijos, acaban deteriorándose... Las personas que siempre dan apoyo suelen acabar saturados y sin permitirse tener el apoyo que necesitan en ninguna ocasión. Por otro lado, aquellas personas que suelen adquirir el rol constante de dependencia se sienten menos capaces y bloqueados a la hora de afrontar sus dificultades. Es por ello, de la importancia de poder fluctuar entre ambos polos. 

Para que esto sea posible es necesario haber vivido nuestro período de dependencia natural de la infancia de forma sana. Esto pasa por haber recibido la atención necesaria cuando lloramos, ser atendid@s cuando lo requerimos, haber sido acompañad@s en nuestro proceso de aprendizaje favoreciendo la autonomía de forma progresiva, habiéndose validado nuestras emociones independientemente de lo bien o mal que les encajasen a los adultos a nuestro alrededor…

Requisitos que no siempre las circunstancias permiten que se cumplan, por lo que es frecuente que en la edad adulta sea necesario poder reparar esas necesidades.

Afortunadamente, aunque no se puede cambiar el pasado, sí podemos cambiar la manera en la que vivimos y recordamos nuestras experiencias, así como sanar emociones bloqueadas o dolorosas desde nuestra visión de adulto por antiguas que sean.

De hecho es uno de los trabajos que es frecuente llevar a cabo en un proceso terapéutico, y que favorece que los adultos recuperen confianza y fortaleza al poder experimentar un proceso de dependencia natural, que además les permite establecer relaciones mucho más saludables.

Así que es buena idea facilitar en nuestras niñas y niños que vivan su necesidad de dependencia de forma feliz y natural, acompañándoles en el desarrollo de su aprendizaje desde el cariño y los límites que requieren. También lo es identificar en nosotr@s mism@s la vivencia del continuo ser dependiente-independiente en diferentes momentos que tenemos, y revisar si hay alguna carencia al respecto susceptible de abordar. Poder hacerlo es garantía de mejorar la calidad de nuestras relaciones interpersonales y vivir con mayor salud emocional.

Os dejamos las 5 ideas básicas que no debéis olvidar sobre la dependencia.

  1. La dependencia es una necesidad básica del ser humano.
  2. Que se cubran nuestras necesidades relacionadas con la dependencia genera estructuras más fuertes en las personas.
  3. Ser dependiente en algunas ocasiones, fortalece para ser independiente en otras muchas.
  4. Los roles de dependencia entre los personas deben fluctuar para que las relaciones no se deterioren y conviertan en tóxicas.
  5. Tanto en la infancia como en la edad adulta podemos intervenir para generar una base segura respecto a al dependencia, que favorezca mayor fortaleza y autonomía.

¿De dónde me sale tanto enfado?

¿Te ha ocurrido alguna vez que explotes en el momento más inoportuno o con una persona que no te había hecho nada? ¿Has presenciado un estallido de enfado entre dos desconocidos que te resulta desproporcionado a la situación? ¿Has vivido reacciones violentas al volante ante la más mínima molestia? En más de una ocasión habrás escuchado o utilizado la expresión “es la gota que colma el vaso”,  que podría explicar cómo el enfado tiene una capacidad de aguante limitada y llega un momento en que “ya no cabe mas”.

Otra cosa que suele ocurrir es que nos estalle el enfado incluso sin que haya habido gota aparente que nos colme. Son enfados que pueden ser genéricos, asociados a otra persona o a la que tenemos delante.
En cualquiera de los casos, el mecanismo que se pone en marcha en nuestro cerebro es el de unas señales de alarma o disparadores que nos conectan con el canal del enfado de manera que este se “apodera” de nosotros dejando salir “sin filtro” una serie de reacciones físicas verbales y emocionales que pueden generar cuanto menos malestar interno y a los que nos rodean.
Sentir enfado es algo natural y necesario. Es una respuesta adaptativa que tenemos para afrontar determinadas situaciones. Poder expresarlo es fundamental, ya que genera una serie de activaciones físicas y cerebrales que necesitan ser liberadas. Cuando esto no se hace, toda esa energía generada es como si quedase “pendiente” dentro de nosotros y se fuese almacenando en una especie de saco (la amígdala). Ademas activa una neurored que cada vez es más gruesa y comprende más terminaciones que se relacionan con la vivencia del enfado.
Esto hace que se asocie a mayor cantidad de experiencias vividas sin ser resueltas, en las que con seguridad se han quedado necesidades sin resolver que generan una especie de “hueco emocional” (la de expresarme, la de que me tengan en cuenta, la de que me reparen un daño infringido…). Es por ello, que ese enfado es capaz de hacernos sentir el dolor asociado a todas esas situaciones que nos enfadaron, y también a la sensación de vacío que esos huecos sin cubrir nos produce. De ahí que a veces resulte tan intensa la sensación.
Lo ideal es poder reaccionar de forma natural a cada una de estas activaciones, y cuando eso no es posible por el motivo que sea, las circunstancias no son las oportunas,  tengo dificultades para expresarme con libertad, temo la reacción de la otra persona y me resulta menos costoso callarme etc., lo guardaremos y acumularemos.
El tipo de educación, el permiso que hayamos tenido desde la infancia para expresarnos con libertad, la experiencia con el enfado de otras personas que hayamos vivido, o el vínculo establecido con el interlocutor pueden determinar nuestra capacidad de gestión de la ira.
En cualquier caso, para evitar esas situaciones de reacciones desproporcionadas que en ocasiones pueden resultar tan dañinas, sería conveniente poder pararnos a revisar nuestra capacidad de manejo del enfado. 
Si sientes que esto te ocurre con frecuencia o cuando lo hace es con una intensidad elevada, es probable que te viniese bien realizar un trabajo personal que te permita identificar y regular esos sacos saturados de emoción negativa, que quizá necesiten vaciarse, y así te permitas gestionar de forma más saludable para ti y para tu entorno determinadas situaciones y dejar espacio a sensaciones más reconfortantes.
La buena noticia es que está en tu mano poder cambiarlo y mejorar tu calidad de vida.

Vacaciones: Paraíso o infierno

Viajar, una de las aficiones más frecuentes y extendidas entre el común de los mortales. Un ansiado premio que muchas personas aguardan como recompensa al llegar las vacaciones.

Pero, tanto si viajamos a 10.000 km sumergiéndonos en culturas remotas, como si disfrutamos de los hermosos rincones que nos regala nuestra geografía, las vacaciones pueden ser fuente de gran disfrute o de enorme estrés y conflictos.
Algunas estadísticas afirman que el número de divorcios incrementa notablemente después del periodo vacacional, y no serán pocas las amistades rotas después de pasar un verano juntos.Y es que viajar puede ser un placer, pero no es fácil.
Antes de siquiera moverte de la silla hay que decidir destino, conseguir transporte, establecer un itinerario, escoger alojamiento, decidir y contratar las actividades que realizar allí… Todo ello además teniendo en cuenta que se obtengan las mejores ofertas del mercado, en los lugares más valorados, pero a la vez con cierto nivel de exclusividad y autenticidad… todo un reto.
Una vez en marcha son muchas las circunstancias que pueden hacer que el viaje se agrie desde el minuto cero: retrasos y cancelaciones de aviones,  trenes etc., atascos desesperantes…, alojamientos que no cumplen con nuestras expectativas, anulaciones de reservas, overbooking…, indisposiciones de alguno de los miembros del equipo viajero, mal tiempo, calor sofocante, comida incompatible con el estómago, una playa no apta para el baño, aglomeraciones…
Son circunstancias que pueden estropear las vacaciones o aceptarse con una actitud positiva que favorezca el disfrute a pesar de los inconvenientes. Esa actitud se puede construir, y resulta más o menos fácil en función del perfil de viajero que tengamos:
En primer lugar está el organizador u organizadora que quiere tener todo controlado al dedillo, sin que se le escape un detalle… se conocerá el mapa de memoria y será capaz de guiarte por cualquier parte antes de haber llegado siquiera al destino. Son personas que han dedicado un gran esfuerzo tanto a la planificación previa como a la organización diaria, resultando muy prácticas como acompañante, aunque suelen generar también una  importante presión para cumplir el plan establecido, por lo que cualquier actividad fuera del pacto original suele desestabilizar su paz y por extensión la del resto de personas.
También hay personas que se dejan llevar, que no se implican demasiado en la toma de decisiones y que simplemente delegan su voto. Son los que dicen “sí a todo”, l@s acomodad@s. Suelen ser personas que disfrutan del día a día, que prefieren ir improvisando y que no le dan demasiada importancia a la labor organizativa. Estos dos perfiles pueden parecer un buen equipo, y en ocasiones lo son, pero también pueden surgir importantes conflictos entre ellos, si el organizador se siente muy sobrecargado por la toma de decisiones y no siente el apoyo del otro, o si se plantean cambios de forma improvisada que no encajan en el plan.
El papel de un tercer perfil, el mediador o mediadora,  flexible pero con capacidad de liderazgo y mediación puede ser un gran complemento en este equipo. Una persona que se implique en la organización del viaje, pero que sea capaz de recoger los intereses e imprevistos que puedan surgir con flexibilidad y capacidad de adaptación. Puede servir de soporte para los dos perfiles anteriores, apoyando al organizador en sus tareas, y también fomentando la implicación del acomodado, a la vez que favorece la apertura a cambios y margen para la improvisación.
Ante todas las situaciones difíciles que planteábamos la actitud con la que se afronten va a variar enormemente en cada perfil. Pueden llegar a generarse situaciones tensas que se mantengan durante el período vacacional generando una dinámica tóxica que puede incluso extenderse a la relación a la vuelta de vacaciones. Por ello es muy importante conocer cuál es tu actitud y las de tus acompañantes e intentar aportar lo mejor para el equipo.
No hay recetas mágicas, hay viajes que resultan un auténtico paraíso y otros que pueden convertirse en un infierno, pero hay algunas actitudes que favorecerán su disfrute seas del perfil que seas:
1. Autoconocimiento: Ten claras tus puntos fuertes y también los débiles tanto de viaje como en grupo para poder anticipar posibles dificultades propias.
2. Autorregulación: Entrena tu capacidad de vuelta a al calma desde el enfado, la frustración, el miedo u otros estados que puedan desbordarte.
3. Sé flexible. Tener un plan es genial, pero poder saltárselo en ocasioens puede resultar aún más placentero, y sobretodo, ser flexible para acoger las necesidades de otros, genera vínculos positivos y mejora nuestro autoconcepto.
4. Céntrate en la búsqueda de soluciones ante imprevistos y complicaciones. Lamentarse es necesario durante un rato, pero recrearse en ello puede atascar la situación de forma innecesaria. La capacidad de buscar alternativas y centrarse rápidamente en ellas en vez de quedarnos atrapados en lo que pudo ser y no fue resulta mucho más saludable para ti y los que te rodean.
5. Mirada positiva: Es recomendable tenerla siempre, pero de vacaciones lo es aún más. Son pocos los días de los que disponemos, y mucho el cansancio y estrés que acumulamos. Ponerse las gafas de lo positivo te ayudará a relativizar las dificultades y a sacar el máximo provecho a las situaciones placenteras.
Así que adelante viajeros, sean como sean vuestras vacaciones, una actitud adecuada os puede salvar de cualquier contratiempo.

Acoger la frustración

No ser capaz de hacer obedecer a mi hij@, no conseguir que cuadren las cuentas después de hacer un cálculo tres veces, que tu pareja siga en sus trece sin ponerse en tu lugar a pesar de explicarle una y otra vez tu postura, o que después toda una mañana cocinando se te queme la comida…

Todas ellas son situaciones cotidianas pero difíciles de digerir, que  suelen generar en nosotros una sensación incómoda y desesperanzadora.  Es el sentimiento de frustración, uno de los los más desagradables y difíciles de manejar. Es una sensación que nos activa enormemente y de las que consiguen con más facilidad sacarnos de nuestras casillas.

Su potencia se relaciona con la conexión neuronal que se produce, mediante la cual sensaciones similares de vivencias anteriores se suman a la del momento presente y disparan su intensidad.

Está relacionada con la sensación de no conseguir algún propósito, y esta vivencia se conecta directamente con un aspecto fundamental para sostener nuestra propia identidad, la sensación de valía. Se pone en entredicho tanto nuestra capacidad para alcanzar logros como el valor que los demás nos otorgan, y ante una amenaza tal nuestro organismo activa todas las alarmas para defendernos del tremendo ataque que supone para nuestra autoestima personal y social.
Es por eso que la respuesta hacia los demás cuando nos sentimos frustrados puede ser hostil e injusta en muchas ocasiones. Lo que suele conllevar más tarde una sensación de culpa por habernos “pasado de la raya con el otro”.
Por ello es bueno recordar algunos aspectos que quizá te ayuden a recuperar el control emocional antes de sacar las garras ante aquello o aquellos que te hayan frustrado:
1.Es normal sentir rabia ante la frustración, nos pasa a todas las personas y poder liberar la activación que nos genera en el cuerpo ayuda a que se pase.
2. Tómate tu tiempo para desahogarte, respirar y recuperar el sosiego, antes de interaccionar con otros.
3. La intensidad de tu emoción probablemente no habla sólo de esta situación, sino que está trayendo sensaciones antiguas que la incrementan, por lo que intentar relativizar y centrarnos en el hecho en concreto puede ayudar a rebajar la intensidad.

4. Lo que haces habla de los que haces, no de lo que eres. No conseguir un propósito en un momento dado, sólo dice eso, que no lo has conseguido en ese momento, no significa que no tengas capacidad para conseguirlo en otra ocasión o que no haya otras muchas cosas que sí eres capaz de alcanzar.

5. Cuida tu discurso. El relato que construyas de ti mism@, la manera en que te cuentas la manera de alcanzar o no tus objetivos puede ser constructivo o muy destructivo para ti…está en tus manos que la frustración te venza o te fortalezca… lo que creas es lo que crearás.
Así que no luchemos contra la frustración, démosle el hueco que necesita y aprendamos a vivir con ella sin hacernos daño ni  a nosotr@s mism@s ni a las personas que tenemos cerca.

Canciones que te ayudan

La música activa el mismo hemisferio que las emociones, de ahí la enorme conexión que sentimos entre ambas.
Mediante la música vibramos, recordamos, nos emocionamos de alegría o de tristeza… Tiene un efecto terapéutico por si misma.
Cada persona puede sentir predilección por un estilo, época o grupos en particular, pero también es cierto,  que algunas canciones, sólo con el mensaje que lanzan mediante su letra llenan de fuerza y de positivismo, o invitan a la reflexión…

Hay muchas canciones más o menos populares que seguro se os vienen a la cabeza…

Hoy recordamos una canción española, de melodía sin pretensiones y letra sencilla pero llena de sabiduría, que habla de una de las cualidades más importantes y necesarias para nuestra supervivencia, la de pedir ayuda.

Un acto de enorme valentía que con frecuencia nos cuesta, en parte porque nos han vendido la dependencia como algo de lo que huir y que nos hace débiles, cuando en realidad, la sensación de poder depender de alguien que sabes que va a estar ahí contigo si lo necesitas, es una de las sensaciones más reconfortantes y reparadoras que existen.

Por ello disfrutemos de la dependencia en determinados momentos, de sentirnos vulnerables y de poder contar con personas a nuestro alrededor que nos van a sostener… porque  de esta manera será más fácil fortalecerse y poder ser independiente en el resto de momentos…

Así que os dejamos esta canción para que nunca os olvidéis de gritar si necesitáis ayuda.

Los celos, ¿muestra de amor o de inseguridad?

Habitualmente las personas sentimos miedo al imaginar que podemos perder algo que queremos. En el seno de una relación de pareja estos miedos o inseguridades se pueden traducir en celos. Y es que los celos son sentimientos que surgen cuando sospechamos que la persona amada siente amor o cariño por otra lo cual nos lleva a retenerla de manera irracional.

Sentirnos celos@s, en cierta medida, pueden alertarnos sobre algo en nuestra relación que no va bien, y movilizarnos al cambio para mejorarlo.  Estos celos representan una actitud sana que no dañan a los demás porque son pasajeros y surgen por un motivo real que lo justifica.

No obstante, cuando manifestamos los celos de manera descontrolada e irracional estamos poniendo en peligro nuestra relación y bienestar emocional. En ese momento se recomienda pedir ayuda a un profesional para explorar el motivo por el cual se adopta esa actitud tan dañina hacia nosotr@s mism@s y hacia la pareja.

Los celos son una expresión de inseguridad, baja autoestima e incluso ansiedad que sufre una persona respecto a su pareja. La desconfianza y falta de control que siente, hace que se muestre dominante frente al otro miembro pareja y si esto se mantiene durante mucho tiempo, acabará desembocando en una espiral tan dañina que deteriorará la relación hasta llegar a romperla.

Pero, ¿cómo identificar a las personas celosas?. Te mostramos una serie de indicativos que te ayudará a detectarlas.

  1. Quieren saber en todo momento lo que has hecho, donde has estado y con quién.
  2. No se fían de tus respuesta y preguntan a terceras personas para corroborar tu versión.
  3. Registran tus objetos personales buscando la confirmación de las sospechas de sus celos (móvil, ordenador, cartera, etc.).
  4. No les caen bien tus amig@s.
  5. Piensan que ocultas algo cuando cambias alguna rutina.
  6. Cuando cuidas tu imagen personal creen que lo haces para gustar a otras personas.
  7. Vuelven a casa a horas inesperadas para intentar sorprenderte con otra persona.
  8. Justificarán los celos aludiendo que te quiere y se preocupa por ti.
  9. Les molestará que salgas sól@ con tus amig@s.
  10. Utilizarán las redes sociales para buscar información de ti.
  11. Se mostrarán desconfiad@s y vigilantes, y a menudo tendrán estallidos de ira si ven peligrar aquello que creen que le pertenece.
  12. Viven en un estado de infelicidad constante debido a sus miedos y sus constantes sospechas de engaño.

Las causas de los celos varían de una persona a otra. Generalmente tienen que ver con tres factores. Uno de ellos es el tipo de relación que establecimos con nuestros padres cuando éramos pequeños en cuanto a que no sentimos cubiertas ciertas necesidades de protección y de cariño. También puede deberse a alguna experiencia traumática vivida en una relación anterior o a alguna característica más personal como la necesidad de control constante o falta de habilidades sociales.

Por tanto, abogamos porque la prevención de los celos se inicie durante la infancia, aprendiendo valores como la tolerancia, el respeto y el reconocimiento de los derechos del otro. Los padres tienen una gran responsabilidad en que no aparezca la inseguridad que generan los celos, y esto se consigue criando a niñ@s segur@s que se sientan queridos y valorados por lo que son desde pequeños. Esto, sumado a una buena comunicación dentro de la pareja nos ayudará a evitar una sensación de angustia e infelicidad respecto a la persona que queremos. Y como ya se ha mencionado anteriormente, no debemos descartar la opción de acudir a un profesional en cuanto veamos las señales que anticipan que nuestra relación de pareja está en peligro.

Cómo consolar alguien sin sentirme incómod@

No es extraño escuchar frases como: “no llores, que no pasa nada”, “no es para tanto”, o “no te pongas así” cuando una persona quiere consolar a otra, tanto si ambas son  adultas, como si una de ellas es menor.

Normalmente el que consuela, lo hace con su mejor intención, que es la de ayudar al otro, pero lo que probablemente no sabe, es que ese tipo de frases en ese momento  no sólo no suelen ayudar, sino que incluso pueden alejar de la persona.
Ver a una persona llorar desconsoladamente o muy enfadada nos puede activar sensaciones desagradables e  incomodar. Desde pequeños hemos aprendido que el enfado o la tristeza son emociones que debemos evitar mediante frases como: “qué fe@ te pones cuando lloras”, “si te enfadas así no te van a querer”, “me gustas más cuando sonríes”… Y eso hace con frecuencia tendamos a eludirlas y a autocensurarnos, ahogando el llanto en muchas ocasiones o disimulando la molestia que algo nos ocasiona.
Pero, ¿qué es lo que realmente necesitamos recibir de quien nos acompaña cuando nos sentimos tristes, enfadados, malhumorados etc..?
No es que nos rescaten lo antes posible de nuestra emoción, para volver a estar felices y contentos.
Tampoco que nos intenten explicar de forma racional porqué nuestra emoción no es la más adecuada …
Lo que sí nos ayuda en ese momento es que reconozcan nuestra emoción (1), la validen (2) y nos acompañen en ella (3). Tan sencillo y tan difícil. Frases como: – “Jo, veo que estas muy enfadad@” (1), “y es normal con lo que ha pasado” (2), “yo estoy aquí contigo” – y dar un abrazo- (3).
Cuando tenemos una experiencia emocional intensa, se activa una especie de sistema de alarma de protección, en lo que conocemos como cerebro emocional, que en ese momento toma el mando de nuestra actividad mental, por lo que los mensajes que tienen que ver con contenido racional no se captan bien y suelen ser ignorados.
Una vez que la intensidad disminuye, se desactiva la alarma, y el cerebro recobra la conexión con el resto de funciones, pudiendo atender entonces a esos mensajes racionales que ayudan a interpretar de forma más adaptativa la situación vivida, y a poder colocar la experiencia emocional de manera más ajustada.
Es entonces cuando frases del estilo: “podremos encontrar una solución”, “no lo ha hecho con mala intención”, “al final todo pasa”… pueden ser integradas en el cerebro ayudando incluso a asimilar mejor lo ocurrido, pero ahora y no en el momento del desbordamiento emocional en el que toda esa información no llega, y además puede generar rechazo y enfado en la persona a la que se está intentando consolar.
Ser capaz de detectar los momentos en los que la conexión racional de una persona está bloqueada para recibir mensajes por este canal, y emplear estrategias que inciden sobre el cerebro emocional es una buena manera de dar apoyo eficaz a otros.  Ayuda a las personas a vivir su emoción de forma más positiva, aún siendo desagradables como el enfado o la tristeza, a volver a equilibrarse  de manera mas eficaz y reparadora, y  además de generan vínculos más seguros y positivos entre las persona que da y la que recibe el apoyo.

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