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La lucha entre quién eres y quién deberías ser

Una de las dificultades más frecuentes que encontramos tanto entre las personas que acuden a terapia como entre las que nos rodean en el día a día, es la de ser capaz de aceptarnos. Aceptar las partes de nosotros que no nos gustan, aceptar lo que somos, lo que sentimos… aceptar quién somos de forma completa e integrada.

Y es algo que genera mucho sufrimiento porque te hace vivir en una continua lucha entre lo que realmente eres y lo que crees que deberías ser.
Lo que crees que deberías ser para sentirte más aceptad@, más segur@, más reconocid@ por los demás.
Porque somos seres sociales, y nuestra supervivencia depende desde que nacemos de la interacción con otros. En función de las respuestas que recibimos de nuestro entorno en los primeros años de vida, desarrollamos estrategias que nos permiten adaptarnos y sobrevivir de la mejor manera posible, con él mínimo de recursos necesarios.
Estrategias con las que necesitamos sentir que nuestras figuras de referencia y cuidado nos quieren, nos aceptan y nos premian.
Y aprendemos así a adaptarnos a lo que el otro espera de nosotros. Y también a autocensurar aquellas respuestas que no tienen buena acogida. Incluso cuando esa respuesta es una reacción emocional automática como el miedo, la tristeza o el enfado, si no es bien aceptada, aprendemos a reprimirla.
Y además creeremos que el mero hecho de sentirlas está mal, porque hace que los otros “nos quieran menos”, y eso se traduce en mensajes como: “hay algo malo en mí que hace que el otro no me acepte”, lo que nos hará sentir culpables cada vez que sintamos esas emociones, creyendo que son malas o que nos convierten en malos a nosotr@s.
Y llega un día en que de repente te encuentras siendo un adulto que batalla cada día consigo mismo por no mostrar enfado, o que se avergüenza de sentir y expresar miedo. Con un sistema nervioso en continua lucha por poder expresar las señales que las emociones lanzan desde el cerebro, y a la vez intentar reprimirlas de cara a los demás e incluso ante sí mism@…
Es un proceso agotador… desgasta y lleva a las personas a estados de confusión, angustia e incluso desesperación…
La buena noticia es que es posible liberarse de esta carga. Y El primer paso para hacerlo es ser consciente de las contradicciones que se han creado, para poder elaborar un mensaje diferente.
Que se sienta enfado, miedo o cualquier emoción no es ni bueno ni malo. No es cuestionable. Es una respuesta fisiológica automática necesaria y adaptativa como lo es el respirar.
Desde nuestro cerebro de adulto, llenos de aprendizaje y experiencias podemos entender que muchas de las reacciones de nuestros cuidadores y personas del entorno no tenían tanto que ver con lo que nosotros hacíamos, sino más bien con sus propias circunstancias. Ahora podemos darnos cuenta de que a veces, que mamá o papá me regañasen no era a causa de lo “mal@” que había sido, sino de lo cansad@s que estaban, y la poca paciencia que les restaba. Poder darle ese mensaje al cerebro de ese niño que lo vivió,  le ayudaría muchísimo a no sentirse culpable, a saber que “aunque mamá se enfade le va a seguir queriendo, y que no cambia nada lo bueno o malo que él/ella sea”.
Podríamos cambiar la traducción de esa experiencia de: “si me enfado y me quejo mamá se enfada y ya no me quiere, así que es mejor no enfadarme o que al menos no se me note para que me siga queriendo” por esta otra: “las mamás a veces se enfadan igual que me pasa a mi, pero después se le pasa y me quiere igual.”
Esto que puede parecer obvio e incluso trivial, es el origen de infinidad de experiencias traumáticas y bloqueos emocionales entre las personas adultas.
Así que seamos conscientes de que tanto l@s niñ@s que viven EN nosotr@s, como CON nosotr@s traducen las experiencias vividas en sus propios términos, y a veces de forma determinante para su vida. Hagamos que les llegue el mensaje correctamente y ayudémosles a liberarse de la lucha entre lo que realmente se es y lo que se cree que se debe ser.

Cómo sobrevivir a la vuelta al cole

El mes de septiembre se puede hacer muy cuesta arriba… síndrome post vacacional, cuesta económica, adquisición de rutinas y hábitos, puesta a punto de nuevos proyectos… y en familias con niños, además nueva organización de horarios y actividades, períodos de adaptación etc… todas ellas situaciones que suponen un importante desgaste de energía extraordinario.

Si a todo esto añadimos el trago que supone la incorporación al colegio de los más pequeños, no es de extrañar que en más de un hogar estén viviéndose momentos complicados estas semanas.

Para todas esas personas va este post, en el que queremos señalaros algunos de los aspectos que consideramos más importantes. Nos centramos en la incorporación al primer año de colegio y el período de adaptación que las familias estáis viviendo.

La experiencia de cada uno va a ser diferente, y hay muchos factores que pueden influir: el temperamento del niño, la habituación que tenga a estar con personas distintas de mamá y papá, el tipo de vínculo establecido y estilo educativo, la experiencia previa en escuelas infantiles si las ha habido… todo ello va a determinar que la adaptación a la nueva situación sea más o menos sencilla. En cualquier caso, por buenas que sean las condiciones no deja de tratarse de un cambio importante y de una situación nueva en muchas ocasiones, y al ser humano las situaciones nuevas y desconocidas nos generan estrés.

Nuestro cerebro se activa y pone en alerta al cuerpo para afrontar esta situación de posible peligro. Es por ello que con frecuencia el llanto aparentemente inconsolable es la respuesta más generalizada. También es cierto que una vez superado el susto inicial, se desconecta la alerta del cerebro emocional y se está de nuevo preparado para asimilar los nuevos estímulos y sensaciones,  pasando incluso a disfrutar de las novedades que se nos ofrecen. Por ello es igual de frecuente que el profesorado explique que a los cinco minutos de haberos ausentado vuestr@s hijos habían parado de llorar y comenzado a explorar el nuevo mundo que tienen por delante.

Es cierto que durante esos minutos en los que han estado llorando se han activado emociones como el miedo a quedarse sol@s, a que no vuelvan a recogerles, a que el resto de compañer@s no respeten sus pertenencias, espacio o incluso integridad física… y es cierto que son sensaciones desagradables, aunque también experiencias que forman parte del repertorio de escena vitales por las que las personas como tales, pasamos, y el ámbito escolar es uno de sus escenarios. La buena noticia es que tenemos a nuestro alcance herramientas para dulcificar la experiencia y favorecer su asimilación lo mejor posible.

Como hemos comentado en otras ocasiones, es muy importante anticipar los cambios en general, y más cuando son de esta intensidad emocional. Poder explicar las vivencias a través de los cuentos resulta muy útil para que las estructuras cerebrales puedan asimilar las situaciones que viven con mayor facilidad. Tanto contárselo anticipadamente como con posterioridad, a través de historias que les ocurren a otros niños o personajes de ficción, animalitos etc. les sirve para integrar lo vivido.

También es importante la reparación emocional. Es cierto, que los primeros días de estar tantas horas separados del ámbito familiar puede suponer un impacto emocional importante para ell@s, por lo que el contacto físico se hace muy necesario, y las frases del tipo “te he echado mucho de menos”, “tenía muchas ganas de verte y jugar contigo” pueden subsanar en cierta medida las sensaciones desagradables que hayan vivido,  y ayudarles a conectar que a pesar de los cambios que están experimentando, vosotros seguís estando allí para darles afecto y protección.

Otra herramienta de ayuda es enseñarles a compartir sus experiencias. A estas edades sus recuerdos son aun algo difusos, por lo que les podemos ayudar a estructurar sus ideas mediante la realización de dibujos o juegos. Se puede compartir con la familia lo que más les ha gustado y menos en el día, o momentos en los que hayan experimentado determinadas emociones. Ayuda que sea un adulto el que inicie el juego poniendo ejemplos propios: “Lo que menos me ha gustado del día es tener que madrugar mucho, y lo que más me ha gustado es volver a casa y abrazarte…”. También ayudan frases del tipo: “Me he sentido content@/triste/asustad@ etc. cuando…”

Son algunos trucos que pueden ayudarles a digerir mejor los cambios que están viviendo, y a vosotr@s a calmar la parte de preocupación, agobio e incluso culpa que a veces se dispara.

Porque también supone un cambio para los mayores. Cambio, y también duelo. Porque se acaba una etapa. Porque hay una pérdida, la del “bebé” que se transforma definitivamente en niñ@, la del tiempo que ya no vamos a pasar a su lado… con frecuencia aparece el instinto de protección, que quiere evitarles cualquier daño posible, la parte de la preocupación y los famosos “y si…le ocurre” nos atormentan. En ocasiones también temor a sentir el hueco que generan en nuestra agenda, e incluso el miedo a que comiencen a necesitarnos menos….todo ello supone que sea necesario un proceso de adaptación y asimilación para mamás y/o papás.

Como proceso o transición que es, el tiempo ayuda a pasarlo… y también puede hacerlo focalizar los pensamientos en ideas como los beneficios que van a obtener de esta nueva etapa: el desarrollo de competencias sociales, como la capacidad de relacionarse con el otro, la capacidad para negociar, para esperar turnos, aprender compartir, a regular sus emociones, la cantidad de aprendizaje sobre sí mismos y el entorno que van a adquirir, a disfrutar del juego de maneras novedosas, a recibir afecto de otras fuentes…

Y por otro lado los beneficios para los adultos que tras toda esa barrera de miedo, preocupación y tristeza pueden aparecer: Más tiempo para uno mismo, liberarse de cierta sobrecarga física y emocional, sentir que se favorece la autonomía y desarrollo adecuado de los hij@s, generar nuevos maneras de relacionarse con ellos, aprender a mostrar interés por sus vivencias y nuevos aprendizajes que nos comparten cuando nos reencontramos, poder dedicar tiempo de mayor calidad…

En definitiva ser conscientes de que aunque a veces no resulte fácil, y conlleve cierta tristeza, se trata de una de las etapas del ciclo vital por las que va a haber que ir pasando, y que al soltar también se nos permite recibir cosas nuevas de las que nutrirnos para poder seguir fortaleciendo tanto a nosotros como madres y padres, como a los más pequeñ@s en su desarrollo y también a los vínculos establecidos de forma más sana y positiva.

Así que ánimo en esta transición a veces difícil que puede reportaros enormes beneficios.

¿Qué cualidades me ayudan a ser una madre o un padre más eficaz?

Ser madre o padre no es tarea fácil. Lo intentamos hacer lo mejor posible pero no siempre nos salen las cosas como queremos. Os proponemos que potenciéis ciertas cualidades que tenéis y que seguramente ya habéis puesto en práctica en muchos ocasiones, para que os relacionéis con vuestr@s hij@s de forma satisfactoria,  independientemente de la edad que tengan.

  • Demostrar amor de forma incondicional

L@s niñ@s y adolescentes necesitan saber que sus padres les quieren y se preocupan por su bienestar, incluso cuando han hecho algo mal. Por ello es importarle trasmitirles amor y valoración por el simple hecho de ser nuestr@s hij@s y no porque hagan cosas para merecérselo.

  • Mostrar respeto

El respeto es un valor que debe fluir entre todos los miembros de la familia, no sólo tiene que darse de hij@s a padres sino de padres a hij@s. Aunque a veces nos resulte difícil comprender los enfados, los miedos o la tristeza que sienten l@s más pequeñ@s de la casa, es importante validarlos y respetarlos. Igual que nosotr@s nos enfadamos por cosas del trabajo, ell@s se pueden enfadar porque han perdido el partido de baloncesto o porque la comida del comedor no les gusta.

  • Poner normas y límites

Aunque l@s hij@s no lo reconozcan así, incluso se revelen ante las normas y límites que les ponemos, lo cierto es que les hacen sentirse segur@s. A través de una comunicación asertiva, debemos ser capaces de aplicar las normas de forma consistente y adecuada a la edad y la etapa del desarrollo por la que atraviesan nuestr@s hij@s. Si un día nos mantenemos firmes aplicando cierta norma, y al día siguiente no, nuestra credibilidad se verá cuestionada.

  • Dar ejemplo

Una de las principales técnicas por las que aprendemos comportamientos nuevos, es la observación. Por ello es importante que las personas que rodean a nuestr@s hij@s, sean ejemplo de aquellas conductas que queremos instaurar. El papel de los padres será fundamental en esta tarea ya que la mayoría de niñ@s y adolescentes confían en sus padres más que en ninguna otra persona.

  • Generar experiencias positivas

En la medida de lo posible, es aconsejable facilitar a nuestr@s hij@s actividades lúdicas en las que puedan explorar, curiosear, descubrir, entretenerse, etc. tanto en grupo como de manera individual. Intentaremos que estas actividades sean novedosas y divertidas, favoreciendo la participación de todos los miembros de la familia.

  • Aprender de las experiencia negativas

Aunque pongamos todo nuestro empeño en evitarles dolor a nuestr@s hij@s, va a ser irremediable que en ocasiones vivan experiencias desagradables que les hagan pasarlo mal. Cuando esto ocurra, estaremos allí para acompañarles desde la tranquilidad, porque el haber vivido situaciones de este tipo, es una oportunidad de aprendizaje y de cambio. Frases como “¿qué podemos hacer la próxima vez para que no pase?”,  “y si vuelve a pasar ¿qué podríamos hacer para sentirnos mejor?” nos ayudaran a afrontar mejor las situaciones difíciles.

¡Esperamos que os sirva de ayuda!