¿POR QUÉ ME CUESTA TANTO DECIR QUE NO?

Esta es una de las frases que con frecuencia nos encontramos tanto en consulta como en nuestro entorno cotidiano… “Me han encargado un informe que no me correspondía y estoy agobiad@”, “Tengo que ir a pasar un fin de semana a casa de unos amigos y no me apetece nada”, “Me han pedido el favor de ayudar en una mudanza en mi único día libre…” Ejemplos como estos y muchos otros pueden ilustrar situaciones en las que hubiésemos querido decir NO, pero por alguna razón no lo hemos hecho. 

Pero, ¿cuales son esas razones? ¿Qué pasa si decimos que no? Cuando aceptamos algo sin quererlo realmente, estamos protegiéndonos de algún temor, intentando salvaguardar algo… preservando el vínculo con la otra persona… Pero a cambio, estamos también renunciando a reconocer y validar nuestra propia experiencia emocional y renunciando a expresársela al otro para que la conozca, impidiendo así construir un peldaño más de confianza en la relación con esa persona.
¿Pero, de qué nos protegemos? ¿De que se ofendan o se enfaden?, ¿de perder una amistad o un puesto de trabajo?

Obviamente cada caso será diferente, y las circunstancias pueden dar lugar a diversas situaciones, pero existe una tendencia general en la que nos asusta el enfado del otro, nos angustia esa sensación y preferimos evitarla a toda costa, incluso aunque eso conlleve hacer cosas que no nos apetece o nos parecen injustas.

Y quizá así calmemos esa desagradable sensación al menos momentáneamente , ya que se evita abrir un posible conflicto, pero también es cierto que aparece la sensación incómoda de “Me siento un/a pringad@”, “¡Qué pereza me da!”, “Estoy hart@ de estar siempre igual” etc. que se queda dentro formando una “bolita” o nudo de resquemor, rencor, decepción o llámalo como quieras, tanto hacia la persona que te ha pedido algo, como hacia ti mism@ por no saber negarte, que se queda pendiente de resolver. Y esas “bolitas” se van acumulando… Hasta que llega un día en que igual aquello estalla y, o bien tu cuerpo enferma expulsando toda esa activación negativa de la manera que buenamente puede, o  bien dices por fin que no… pero igual estamos tan saturados que lo hacemos de la manera menos adecuada, consiguiendo que efectivamente los otros se ofendan, se enfaden o te despidan…

¿Hay otra manera más sencilla y saludable? La buena noticia es que sí. Es una habilidad que se puede entrenar y mejorar, y aunque requiere pautas especificas, os dejamos unas recomendaciones que pueden servir para ir calentando:
Es importante que ante una situación en la que quieres decir NO sin atreverte, en primer lugar tomes conciencia de tu cuerpo y las activaciones que se producen en él: calor, sequedad de boca, temblor, parálisis… Para poder sostener e intentar rebajar la sensación de malestar que te genera sin que te abrume. A veces lo lograrás en el momento mediante la regulación de la respiración por ejemplo, pero otras tendrás que tomarte unos minutos y aplicar técnicas de relajación, o incluso postergarlo para otro día. Es un aprendizaje que va desarrollándose poco a poco, pero que acaba saliendo.

Puedes tener en cuenta estas ideas que ayudarán a tu cuerpo a estabilizarse y a sentirte preparad@ para afrontar la situación:
-Tu sensación es válida, tienes derecho a sentir lo que sea.
Expresar adecuadamente a los demás lo que piensas y sientes te hace ser más segur@ y genera más confianza en los demás.
-Las otras personas no te valoran solo por tu respuesta a su petición, sino por todo lo que tú eres, que el otro se enfade no significa que te valore menos.
-Poder expresar con tranquilidad y seguridad tu disconformidad ante cualquier situación, facilita que se resuelva de manera más satisfactoria para todas las partes.
-Las relaciones basadas en la sinceridad y confianza son mas satisfactorias y duraderas.

También sirve de ayuda planificar la escena, eligiendo el momento y contexto mas adecuados y protectores para ti, definir muy bien cual es tu postura y ensayar las veces que sean necesarias.

Por último actúa, exprésate. Mantén una postura erguida y la voz firme, reitera las veces que sea necesario tu punto de vista, recoge lo que el otro esta diciendo sin dejar de mantener tu postura… Utiliza frases del estilo “entiendo que lo veas así, para mí en cambio es de esta otra manera…” A veces, aún así, acabarás haciendo aquello que no querías, pero la satisfacción que genera solo el hecho de haberte podido expresar, reducirá muchísimo el malestar.

Puedes empezar por situaciones más fáciles, de menor riesgo y con personas de mayor confianza, y poco a poco ir  ampliando. Así que ánimo y date la satisfacción de al menos intentar mejorar esta habilidad que puede liberarte de situaciones incómodas y mejorar la calidad  de tus relaciones.

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