Cuando el esfuerzo no trae la recompensa

“Si te esfuerzas tendrás tu recompensa” ¿Quién no ha escuchado esta frase alguna vez? Nuestros padres, amigos, profesores, educadores, medios de comunicación nos transmiten esta idea con la intención de motivarnos para alcanzar nuestros objetivos. Pero esa frase, tan llena de verdad a largo plazo como carente de consuelo a corto, no ha parado de rondarnos la cabeza durante estos años en los que la crisis ha condicionado nuestras vidas en muchos sentidos. Y es que, ya sea por haber perdido nuestro trabajo, por no haberlo tenido aún, por no poder independizarnos, por no llegar a fin de mes, por no encontrar el momento de tener hijos o por tener que limitar nuestra vida social, el caso es que nos hemos visto forzados a cambiar las expectativas de vida que tanto tiempo nos ha llevado elegir.

¿Por qué no puedo alcanzar mis metas?, ¿hay algo que esté en mi mano y que no esté poniendo en práctica?, ¿hay más jóvenes que estén en esta misma situación? Somos muchas las personas que, apoyados por nuestro entorno, hemos confiado en nuestras capacidades y nos hemos esforzado considerablemente por conseguir una meta, un objetivo, una recompensa, pero la dura realidad de estos tiempos que corren es que nunca llega, y a eso no estamos acostumbrados. Nadie nos ha enseñado qué hacer cuando, de manera continuada, nuestro empeño y persistencia no se corresponde con el resultado esperado.

Y es que esta relación causa-efecto en la que si nos esforzamos conseguimos una recompensa, se está rompiendo y se está llevando por delante el esquema que desde pequeños hemos interiorizado para entender cómo funciona el mundo adulto. Partíamos de la premisa de que, por ejemplo, si estudiábamos, aprobábamos, si no estudiábamos, suspendíamos. El resultado es diferente pero la sensación de ser nosotros los responsable de nuestros éxitos o fracasos era la misma en ambos casos, y eso nos tranquilizaba. Cuando hemos dedicado tiempo a hacer un trabajo hemos sacado mejor nota, cuando lo hemos dejado para el último momento, hemos suspendido. Y esta amarga sensación que nos producía el suspenso sólo podíamos aliviarla asumiendo que en nuestra mano ha estado obtener un resultado u otro.

Pero ahora estudiamos, nos especializamos en diferentes campos, aprendemos idiomas, realizamos prácticas, hacemos voluntariados, participamos activamente en la búsqueda de empleo, etc. ¿Y dónde está nuestra recompensa?

Lejos de ello nos hallamos sin trabajo, sin oportunidades de demostrar nuestros conocimientos y por qué no decirlo, nuestra valía personal, dando gracias si nos llaman de algún sitio para desempeñar una labor que está claramente por debajo de nuestra formación y preparación académica. En ocasiones tenemos que modificar nuestro currículum omitiendo parte de su contenido para que nos acepten en un trabajo precario. Y es que lamentablemente, cuando queremos optar a un trabajo con buenas condiciones que se ajusta a nuestro perfil, nos encontramos con que no cumplimos con todos los requisitos, en la mayoría de los casos, con la experiencia, lo cual es paradójico, porque ¿cómo vamos a ampliar nuestra experiencia si el no tenerla nos excluye de ser contratados?

Ante este panorama nuestra frustración e impotencia empieza a hacerse grande en la misma proporción en la que la ilusión y la esperanza se van haciendo pequeñas. Porque no es sólo el hecho de no tener trabajo y por tanto una estabilidad económica, además nuestro esquema de “cómo quiero que sea mi vida” se ha desmoronado al tener que prescindir o retrasar numerosos planes personales que iban asociados a esa estabilidad que nunca llega.

Esto no es lo que nos habían enseñado nuestros padres. Esta situación es totalmente nueva para nosotros, nos sentimos incapaces, desalentados, agotados, desanimados, inútiles, desesperanzados… y empezamos a cuestionarnos quién es el culpable de todo esto. Si bien el entorno intenta consolarnos diciendo que mucha gente está en la misma situación, que la crisis nos afecta a todos, que nos ha tocado vivir tiempos difíciles, etc. la realidad es que no nos tranquiliza, y más cuando esto se mantiene de forma prolongada en el tiempo.

Es entonces cuando empiezas a pensar que el culpable de estar en este escenario somos nosotros y solamente nosotros, nada de atribuir a causas externas la responsabilidad de lo que nos ocurre. El refrán de “mal de muchos, consuelo de tontos” se queda corto porque en esta incesante búsqueda de encontrar nuestra recompensa hay gente que sí lo consigue, pero en ese grupo nunca nos encontramos.

¿Qué más tengo que hacer?, ¿qué me falta?, ¿qué he hecho mal?, ¿hasta cuándo voy a estar así? Plantearnos todas esas preguntas es el preludio que indica que lo que empezó como una dificultad en el ámbito laboral, se está convirtiendo en un conflicto a todos los niveles.

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Al igual que un globo se va deshinchando con el paso del tiempo, nosotros vamos perdiendo el interés por hacer las cosas, la motivación por iniciar actividades nuevas, las ganas de salir y relacionarnos, la alegría de pensar que algo bueno nos deparará el futuro. El daño ya está hecho.

Podemos permitirnos estar unos días, semanas o meses valorando cómo vamos a continuar nuestras vidas, pero tarde o temprano llega el momento de tomar una importante decisión. Podemos elegir ir por el camino que nos culpabiliza y nos frena o por el camino del cambio y la superación que nos moviliza.

Con todo lo que llevamos vivido a raíz de esta injusta situación, la percepción que tenemos de cómo somos ha cambiado, y lo puede seguir haciendo. Damos por supuesto que el concepto de nosotros mismos se ha deteriorado, pero la realidad es que se ha completado. Hemos ampliado la lista de cualidades y defectos que nos definen añadiendo palabras como luchador, valiente, inconformista, emprendedor, activo, trabajador, insistente, tenaz, sensible… y otras tantas que hacen de nosotros personas con recursos para afrontar situaciones desfavorables.

La experiencia que nos ha tocado vivir nos ha brindado la oportunidad de crecer a nivel personal, y aquellos que no han tenido que enfrentarse a estas dificultades, que no lo han pasado mal y no han tenido ganas de tirar la toalla, no pueden beneficiarse de este regalo.

Somos supervivientes de una crisis histórica en nuestro país y eso nos ha hecho más fuertes. Hemos luchado contra la incomprensión de la sociedad y de algunas personas que, lejos de ver nuestro dolor por no encontrar nuestro lugar en el mundo laboral, nos trasmiten con un tono acusatorio no estar haciendo lo necesario para conseguirlo, ya que formar parte del colectivo de los desempleados tiene numerosas ventajas que cualquiera en nuestro lugar querría disfrutar (no madrugar, no tener horarios, poder quedar con los amigos, tener tiempo para todo, etc.). Y sí, ser desempleado por poco tiempo tiene sus beneficios, pero ser desempleado forzado no tiene ninguno.

Por todo esto, tenemos que hacer un ejercicio de reflexión y objetividad y pensar que, aunque en este momento sintamos que no podremos alcanzar nuestras metas, en muchas otras ocasiones sí las hemos conseguido. Que si bien tenemos la sensación de perder el tiempo, aún nos queda mucho. Que aunque sintamos que nadie nos valora, hay mucha gente que sí ve el esfuerzo que estamos haciendo y que a pesar de creer que no saldremos nunca de esta, nuestras experiencias nos dicen que hemos salido de diversas situaciones que en su momento vivimos tan difíciles o más que esta.

La clave está en mirar nuestra vida en conjunto y valorarnos no sólo atendiendo a un aspecto de nuestra vida sino a todos. No podemos medirnos únicamente por los resultados que obtenemos sino por el empeño y afán de superación que hay detrás de todo eso. No podemos juzgarnos cuando las cosas nos salen mal y obviar cuando nos salen bien, ni sería justo dar más peso a las veces que nos han dicho que no valemos a las que nos han dicho que sí. Por tanto, debemos querernos no por las cosas que hacemos sino por lo que somos. Esa es la clave, lo que somos. Porque nuestra personalidad es la esencia de lo que nos define, independientemente de las circunstancias que nos toque vivir.

Hemos sido pioneros en experimentar esta realidad, las condiciones de la crisis que nos ha tocado vivir la ha hecho única y diferente a las demás, entonces ¿por qué nos culpamos por no haberlo resuelto mejor? Lo hemos hecho lo mejor que hemos podido y sabido y eso ya es suficiente. Recordemos que nadie nos ha enseñado a desenvolvernos en este escenario y a pesar de ello aprenderemos de nuestros errores, desarrollaremos nuevos recursos e integraremos esta dura vivencia en el currículum de nuestra vida en el que sí somos expertos.